La Mezquita: lugar de adoración

6/12/09

 oracion en mezquita


Ese “invisible-adelante” que llaman lugar. Esa tierra recomenzada en aquel punto, en aquel claro. Aquel centro que sólo restituye el canto del muecín que avisa.

Y es preciso acudir. A adorar a Allah. Entonces una claridad aleteante nos obliga a limpiarnos los ojos, a limpiar las palabras. Para poder nombrar ese Nombre que arde en el espacio.

No es un espacio indiferenciado, ni indistinto. Aquí nos crece el corazón, la voluntad, la inteligencia. Aquí cae el rayo y nuestros ojos saltan, se abren sobre el verdadero lugar.

Porque la mezquita es el lugar. Porque el hombre pertenece. Porque existencialmente bien comprendido, el hombre es espacial.

El musulmán justifica la existencia de toda mezquita sólo para reencontrar, revivificar el lugar que lo restituye en el mundo. Lugar existencial. Lugar constitutivo. Después de 500 años, de nuevo los musulmanes españoles reinventan una relación con el mundo: no para recuperar la tierra primigenia, la plenitud primigenia, jamás restablecida; sino para hacer de esta tierra encontrada el lugar de otra plenitud.

Porque solamente el musulmán es el hombre más decidido a hacer de su tierra un lugar puntual, diferenciado, de lo sencillo, su forma de hombre realizado.

Ya que el hombre es hombre porque tiene ansias de Dios y porque la necesidad de Dios en él lo hace indefectiblemente humano. No hay otro camino... para ir detrás del corazón y decirle que sí, que hay un Único Dios y una palabra para salvarnos.

Desde la shahada inicial, hasta su más reciente entrega, el musulmán identifica un trayecto, en principio ascendente, y, luego, asombrosamente estable: su adoración es continuación y renovación. Porque todo lo que adora el musulmán se lo debe a Allah que lo colocó en el mundo. Se postra sobre la tierra y estira las manos, en gesto de gratitud y perdón.

Sólo los musulmanes, hoy por hoy, saben que para que ser y vida no se separen, para que la vida no sea privada del ser y el ser no yazca sin vida, el hombre necesita fijar un centro. Porque ser sin centro es ser cuya vida se derrama, no encuentra lugar que la albergue. El hombre necesita hacer centro. Fijar un punto desde donde girar, caminar, hablar, devenir. El hombre necesita instaurar un reino desde el cual gozar su entorno, el afuera, el dentro, el espacio.

Ya se sabe: la cualidad del centro es la de recoger, recogernos. Por tanto, no más hombre disperso, nómada sin lugar, sin tierra puntual, constitutiva. El hombre necesita un centro, un lugar determinado que lo obligue a enraizar. Es decir, el hombre está predestinado a habitar. Heidegger lo dijo tajantemente: “Ser hombre significa habitar”. Se habita el ser... inflándolo de vida; se habita el cuerpo... con el aliento del alma; se habita una casa... para que el ser, el alma, el cuerpo... encuentre una morada desde donde obrar; se habita la mezquita... para adorar a Allah, el Ser Único, el Vivificador.

Ser, existir, estar, transcurrir, supone, definitivamente habitar el espacio: el espacio del propio cuerpo, el espacio de la propia casa envolvente, el espacio envolvente en general.

A este respecto, lo que el musulmán quiere es fundar un espacio. Organizarse alrededor de un centro, de una mezquita, en torno a la cual recogerse para brindarle lo más Suyo, Su Palabra. Porque por Su gracia existe un centro, una mezquita, un lugar para habitar.

Sí, el ser, para no desbordar la vida, habita, hace centro, habita una casa. El ser amparado es el ser protegido por la casa. El ser integrado es el ser que se guarece bajo un techo. La casa sostiene al hombre, es el primer mundo del ser humano. No obstante, el musulmán no está interesado en monumentos. No está nostálgico de monumentos. El musulmán no adora a las mezquitas. Su objetivo es el corazón del hombre, su propio corazón. Esa es la mezquita. El mundo entero es una mezquita. El universo es el templo de Allah.

Lo único que un musulmán necesita para cumplir su contrato de postrarse ante Allah es un pedazo de tierra limpia.

El hombre, en su intento de reconciliarse con el cosmos, en su sed de asirse de un espacio puntual, de un aquí que lo realice y lo integre, no sólo se desplaza, no sólo va y viene, aquí y allá, es decir, no sólo enfrenta el espacio del mundo. También trabaja el espacio interior, su espacio espiritual, su alma. Entonces, se abre y se cierra; su corazón es un mapa, y cada latido el resultado de un deslumbramiento o de una certeza.

El hombre es un ser entre-abierto. La analogía con la puerta es inevitable. Puertas que se abren hacia adentro y hacia afuera. Hacia la vida, hacia la muerte, hacia la realidad, hacia el todo, hacia siempre, hacia Allah.

El umbral se levanta ante nosotros como una línea límite. Desde ese umbral el ser descubre que el espacio es vasto, excesivo. Descubre igualmente que la escasez de espacio, el espacio recortado por límites, señalable, puntual, por el contrario, nos permite expandir nuestro ser, librarlo para que vaya tras el claro del bosque, tras la revelación.

Ansioso de alcanzar la visión de Allah, el musulmán busca afanosamente las puertas. Reivindica la noción del lugar, de espacio puntual, diferenciado, nunca indistinto; lo sobrepone al tiempo asegurando que el ser es ser ahí, Su oración no deja duda de que es posible desplegar el mundo en toda su amplitud, desde el lugar, lo sencillo, lo primigenio, la tierra que toca para saber que está vivo, que pertenece.

Allah ha limpiado, esclarecido las palabras, le ha exigido al Corán que nos entregue presencias, que nos depare sosiego ante la inmanencia del infinito. Allah escribe el universo, y nosotros intuimos lo inmenso.



Yasin Trigo
(Granada, 1.994)

 
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