Sidi Abu Madyan al-Ghawt, un maestro sufi andalusí natural de Cantillana (Sevilla)

27/6/13

Mausoleo y Mezquita de Sidi Abu Madyan (Ubbad-Argelia)

Mausoleo y Mezquita de Sidi Abu Madyan en Ubbad (Argelia)


POEMAS DE SIDI ABU MADYAN

Viendo la Realidad con los ojos de Allâh


Cuando miras con el ojo
de tu intelecto, no encontrarás
a nada que no sea Él,
presente en la esencia,
y buscando la Realidad
en otro que no sea Él,
se mantiene sin cambios
tu ignorancia.


Oda a los enamorados

Los enamorados,
sumergidos en el Bienamado,
en Su amor
le ofrecen sus espíritus.

Malgastan aquello que enriquece
y refuerzan aquello
que subsiste en Allâh,
¡Qué sublime es lo que hacen!

El brillo y los adornos del mundo
no les distraen;
ni tampoco sus bienes,
su dulzura, su ropaje.

Vagan por el cosmos,
extáticos, raptados;
ningún lugar está sin ellos,
ni siquiera las ruinas.

La trompeta de la expectación
les convoca, alertas,
¿cómo languidecer,
cuando el fuego estalla?

Al caer la noche,
se van a su reunión,
y se acomodan en el albergue
de su Bienamado.

Se les ofrece para vestir
un manto de honor,
la bendición de aquel aliento
que trae aromas de ebriedad.

Son los enamorados:
Él los atrae cerca de Sí,
pues sólo piensan
en servir al Amado,
el Eterno Recurso.

Gloria a Aquel que les otorga
el favor de Su proximidad,
cuando consuman Su amor
y alcanzan su Meta.


El placer de la vida se encuentra...

El placer de la vida se encuentra
tan sólo en la compañía de los sufíes,
ellos son los sultanes, los maestros y los príncipes.
Por tanto, mantén su compañía,
y ten cortesía en sus asambleas.
Olvida tus ocupaciones cuando ellos
te empujan hacia delante.
Atrapa el momento, mantén siempre
el estado de Presencia con ellos.
Sé consciente de que la Luz se otorga
a quienes están presentes.
Adhiérete al silencio, a menos que te pregunten.
Di, entonces:
“Carezco de conocimiento”,
y encúbrete mediante la ignorancia.
Sólo mira a tus propias faltas, creyendo
que son faltas evidentes, aunque estén ocultas.
Baja tu cabeza y pide perdón sin motivo,
presenta tus disculpas en justo trato.
Si cometes una falta, entonces discúlpate,
y eleva el rostro de la disculpa
por lo que ha fluido en ti desde ti.
Di: “Vuestro insignificante servidor tiene
derecho a vuestro perdón.
¡Oh Fuqará!, actuad amablemente mediante
el perdón y adheriros a la gentileza.”
Son merecedores de la virtud,
ya que es su naturaleza.
No temas esclavitud ni daño procedente de ellos.
Invoca siempre con generosidad las alabanzas
a los hermanos, en los sentidos y en los significados.
Y baja la mirada si alguno resbala.
Observa con atención al Maestro en sus estados,
Quizá un indicio de su aprobación se manifieste en ti.
Ofrécele seriedad y diligencia en tu aprendizaje,
quizá él esté satisfecho.
Y ten cuidado, no sea que le irrites.
El goce del Creador
se encuentra en su goce y su obediencia.
El Maestro estará satisfecho contigo.
Guárdate de aquel que abandona.
Sé consciente de que el sendero de la Comunidad
es oculto, y el estado de aquel que sólo
lo reivindica es como tú lo ves.
¿Cuándo los veré y dónde los veré?
¿Cuándo escuchará mi oído alguna noticia de ellos?
¿Quién soy y dónde se reunirá mi semejanza con ellos,
en Manantiales donde no reconozco impureza?
Los amo y los trato con gentileza, y les ofrezco
la sangre de mi corazón, en especial a un grupo
de ellos. Una gente de nobles cualidades.
Donde quiera que se sientan, una fragancia
permanece en el lugar tras ellos.
Su carácter en los Senderos guía al Sufismo.
Su excelente armonía es la que deleita mi mirada.
Ellos son la gente de mi amor y mis amantes.
Quienes siguen la pista de los faldones
de poder con magnificencia.
Pueda yo ser reunido con ellos en Allâh,
y mis acciones erróneas olvidadas
y perdonadas en Él.
Las bendiciones sean sobre el escogido,
Sayyidina Muhammad.



Qasida


Os habéis apoderado de mi inteligencia,
de mi mirada, de mi oído,
de mi vida, de mis entrañas, de todo mi ser

Me habéis perdido por el laberinto de vuestra extraordinaria belleza,
y ya no sé, en el mar del amor, dónde está mi lugar.

Me habéis ordenado no hacer público vuestro secreto,
pero he aquí que lo delata el desbordamiento
de mis lágrimas.

Cuando murió mi paciencia y se hizo escasa mi fuerza,
cuando se apartó de mi el sueño y me vi privado
de descanso, acudí al juez del amor y le dije:
“Mis amados me ha tratado con desdén
y han dicho: “En el amor tú eres farsante”,
pero tengo testigos de mi pasión y desesperanza
que testimoniarán a mi favor en mi denuncia:
mi insomnio, mi pasión, mi tristeza, mi ardor,
mi deseo, mi debilidad, mi palidez y mis lágrimas.

Lo sorprendente es que los eche de menos
pregunte con deseo por ellos, sin embargo están conmigo.

Lloran por ellos mis ojos, y ellos están en mis pupilas,
mi corazón se queja por la distancia,
pero ellos están entre mis costillas.

Si ahora me exigen sus derechos de amor,
yo soy pobre y nada tengo.

Y si me encierran en las cárceles de su desdén,
acudiré a ellos con la intercesión del Shafî‘ Mushaffa‘ (el Profeta).



Qasida in Ba´


A Ti tiendo la mano confiada en las dificultades

y en Ti he encontrado comprensión en todas las ocasiones.

Tú eres mi refugio como se debe
Que se cumplan mis deseos en Ti, oh Señor, y eso es suficiente.
Sálvame de la ofensa de un enemigo o la mala intención de un amigo.
En Ti está mi salvación de las malas compañías
que se cuelan por las rendijas de mi vida.
No tengo poder ni oficio, ni tengo la más mínima habilidad.
Sólo me queda el refugio en Ti.
Sálvame que tengo todas las puertas cerradas.
Tú eres mi única fortuna y mi fe en los demás es generosa.
Tú has sido generoso con mi pasado, síguelo siendo ahora.
Cuídame en las situaciones tormentosas,
me conformo con lo que me des.
Mis defectos me llevan al error.
Rezo por el mejor de la familia Hashim [del Profeta],
(el intercesor) comprensivo en situaciones difíciles.


………

Di: Allâh y abandona la existencia y lo que te rodea,
si quieres la realización de la perfección.
Todo, salvo Dios, si lo has comprendido bien,
es nada en el detalle y en el conjunto.
Sabed bien: sin Él, toda la creación, compréndelo, se disipa, desaparece.
Aquel que no tiene en Su Esencia la razón de su existencia,
su existencia, sin Él, es radicalmente imposible.



Puerta Mezquita sidi Abu Madyan
Puerta de entrada a la Mezquita de Sidi Abu Madyan.

Abu Madyan:

Un sufí español representante

de la gnosis del Jorasán

Autor: Terry Graham
(Fuente: Revista Sufí)



Figura central en el sufismo del mundo islámico occidental, y uno de los principales eslabones en las cadenas iniciáticas del sufismo oriental, Abu Madyan de Tlemcen es uno de los máximos exponentes de la antigua gnosis del Jorasán destilada en la Senda espiritual del Islam. Esta Senda incorpora las virtudes de la caballería espiritual (yawanmardi, futuwwat) 1, como son el anteponer los intereses de los demás a los de uno mismo, el dar desinteresadamente y sin darse importancia, y el distanciamiento respecto de este mundo y del propio ego.
La expresión más escueta del papel central que representa Abu Madyan en el desarrollo del sufismo nos la da Trimingham, cuando afirma: “Los iniciadores de silsilas (cadenas iniciáticas en el sufismo) pertenecían a dos escuelas principales de pensamiento sufí que se pueden llamar escuelas Yoneidi y Bastami, o de Mesopotamia y de Asia central, aunque sus máximos exponentes no se limitaban a estos confines. Más adelante, el sufismo magrebí, que procedía de Abu Madyan (m. 1198) constituiría una tercera área con sus propias características especiales.” (Trimingham 1973, p. 16)
Como figura central del sufismo en occidente, Abu Madyan recibió sus enseñanzas esencialmente por dos vías distintas: una la de su principal maestro, el bereber analfabeto Abu Ya’za, que a su vez la había recibido de su maestro siguiendo una línea que se remontaba a la escuela Bagdadí del maestro sufí Abol Hosein Nuri (m. 907), originario del Jorasán, en Persia; la otra vía, de Abol Sa’ud al-Andalusi (m. 579/1183), cuyo maestro principal había sido ‘Abd-al Qader Guilani (m. 1166), originario de la región iraní al norte del mar Caspio, que había sido iniciado a su vez en la Cadena Madre, origen ésta de la mayoría de las órdenes sufíes actuales, cuya línea remonta hasta Ahmad Qazali (m. 1126), nativo del Jorasán y representante por excelencia de la doctrina de la devoción por amor.
Uno de los sucesores de Abu Madyan en esta misma Cadena Madre, varias generaciones más tarde, fue ‘Abdullah Yafe’i (m. 1367), maestro de Shah Nematolláh (m. 1431), fundador de la orden sufí Nematollahi. Yafe’i, en su obra de historia Mir’at al-yinan, describe elocuentemente las virtudes, el poder y la influencia de su eminente predecesor (Yafe’i 1970/1390, p. 469).
Trimingham sostiene que, partiendo de las dos tendencias fundamentales en el sufismo de los primeros tiempos —la escuela de la ebriedad del Jorasán, representada por Shayj Bayazid (m. 874), y la de la sobriedad de Bagdad, representada por Shayj Yunaid (m. 910)— Abu Madyan inició una tercera escuela, la magrebí, que combinaba ambas tendencias, y defendía una ebriedad moderada por la sobriedad; en otras palabras, una escuela extática en la práctica, pero que tiene en cuenta las obligaciones de los sufíes en su vida en sociedad, sobre las cuales insistió con fuerza el sucesor de Abu Madyan, Abdul Hasan Shazeli (m. 1258), y que reiteró varias generaciones más tarde en Irán su sucesor Shah Nematollah.
Cornell, por su lado, llama a Abu Madyan el ‘Yunaid de Occidente’, explicando que “como su ilustre antecesor en Bagdad en el siglo III / IX, estaba en el lugar exacto y en el tiempo preciso, para sintetizar y trascender las tradiciones sufíes de su era en una única doctrina con una articulación formal. Por ello se convirtió en el Eje espiritual, Qutb, de su época, en la medida en que sus enseñanzas sobre los temas doctrinales, metodológicos y éticos influirían, siglos después de su muerte, sobre el sufismo en el Islam occidental en general y en especial sobre las enseñanzas de los maestros espirituales magrebíes posteriores, como Abdul Hasan Shazeli” (Cornell 1996, p.16).
Yami, hablando del Mir’at al-yinan, la obra del maestro de Shah Nematollah, Yafe’i, perteneciente éste a su vez a varias cadenas Qaderiya y Shazeliya, dice, “La mayoría de los maestros del Yemen están relacionados con el sheij ‘Abdul Qader, y algunos otros lo están con el sheij Abu Madyan. Este último es el Maestro del Occidente, y el primero, el sheij ‘Abdul Qader, es el Maestro del Oriente” (Yami 1991, p. 528).
Cornell hace mención de una tradición, fechada varias generaciones después de la muerte de ambos maestros, en la que se dice que éstos coincidieron en La Meca, y que Abu Madyan se convirtió en discípulo de ‘Abdul Qader. Sin embargo los eruditos ponen en duda la validez de esta versión, apoyándose en que no figura ninguna referencia a este encuentro en los escritos de Abu Madyan, ni en sus dos primeras biografías, la de at-Tadili, escrita en 617/1220, menos de treinta años después del fallecimiento del maestro, y la de Qunfudh, escrita en 787/1385, más de siglo y medio más tarde, en la que se afirma específicamente que el maestro no viajó nunca más al este de Ifriqiyya (hoy en día Túnez).
En cualquier caso, la interconexión entre estos dos hombres ha permanecido tan viva en la mente de muchos sufíes de las generaciones siguientes que, según Cornell, más adelante, los sufíes qadiríes “en el Magreb, adoptaron póstumamente como uno de los suyos a Abu Madyan” (Cornell 1996, p. 10). Cornell sugiere que la historia, aparentemente apócrifa, de su asociación puede haber sido creada por los Qaderiye magrebíes para identificarse “ellos mismos con el método espiritual de Abu Madyan” (ibid. p. 11).
El maestro de Abu Madyan, Abdul Sa’ud, era como él de origen andalusí, pero él se había dirigido a Bagdad, en el área del sufismo de influencia iraní, para realizar sus primeros pasos en la Senda. Volvió luego, al menos en una ocasión, al Magreb, bien a España o al norte de Africa, para iniciar a su compatriota Abu Madyan, antes de fallecer en Bagdad, donde está su tumba. Aunque era un verdadero yawanmard, en su forma de ser y en sus obras, no estaba tan raptado en la senda del amor como Ahmad Qazali. Así como Ahmad había sido más abierto en su recomendación del sama, Abdul Sa’ud era más restrictivo, especificando que sólo debían participar en él aquellos que hubieran alcanzado un estado intermedio de desarrollo espiritual.
Al iniciar a Abu Madyan, Abdul Sa’ud introdujo el eslabón más poderoso en la cadena de sucesores de Ahmad Qazali, y elevó hasta su cénit en occidente la escuela de Jorasán del amor y del éxtasis, en la tradición de Bayazid. Yami, a propósito de Ibn ‘Arabi, llama imam a Abdul Sa’ud y a Abu Madyan, calificativo que, en la terminología sufí, viene justo detrás del de qotb en la jerarquía de los Amigos de Allâh que gobiernan el universo, una posición que Abdul Sa’ud, humildemente, rechazó (Yami 1991, pp. 526 & 528).
Existen en la obra de Ibn ‘Arabi muchas más referencias a Abu Madyan que a cualquier otro personaje, y se refiere a él constantemente con el título honorífico de sheij al-mashayej (maestro de maestros) (Hirtensteisn 1993, p. 163). Addas confirma que “un estudio estadístico demostraría fácilmente que es a Abu Madyan, con el que nunca tuvo oportunidad de reunirse, al que Ibn ‘Arabi se refiere con más frecuencia” (Addas 1993 p.60).
En su libro Ruh al-quds, Ibn ‘Arabi recuerda que Abu Madyan le hizo llegar el mensaje siguiente: “Respecto a nuestro encuentro en el mundo sutil, no hay duda: tendrá lugar. Respecto a nuestro encuentro físico en este mundo, Allâh no lo permitirá” (citado en ibid., p.66). En pocas palabras, la cercanía de la relación entre ambos queda patente, aunque no queda duda de que no fueron maestro y discípulo en el plano físico. Esto es evidente desde el punto de vista de Ibn ‘Arabi, aunque también queda clara con la declaración citada la profunda conexión espiritual entre ambos.
En este sentido, Claude Addas, biógrafa de Ibn ‘Arabi, señala que mientras trabajaba en su libro estaba “intrigada por la presencia, discreta pero insistente, de Abu Madyan en la vida y en la obra de Ibn ‘Arabi” (Hirtenstein 1993, p.177), y declara que “la veneración de Ibn ‘Arabi por Abu Madyan no tenía límites” (Addas 1993, p.114).
Mezquita Abu Madyan 1
Entrada Mausoleo de Sidi Abu Madyan

Para ilustrar esto, relata una anécdota instructiva sobre el aprecio de Ibn ‘Arabi hacia este hombre al que nunca había conocido en persona. Sucedió que, estando en Tlemcen unos cuatro años antes de que Abu Madyan falleciera y fuera enterrado en esa ciudad, tuvo un encontronazo con un hombre y mantuvo con él una discusión acalorada. Cuando a éste se le ocurrió criticar a Abu Madyan, Ibn ‘Arabi se enfadó inmediatamente. Esa noche soñó que el Profeta le hacía reproches y le preguntaba porqué odiaba a aquella persona y cómo él le contestaba que era “porque esa persona odiaba a Abu Madyan.”
El Profeta le preguntó entonces si amaba a Allâh, a lo que Ibn ‘Arabi contestó que por supuesto; el Profeta señaló entonces que alguien que ama a Allâh no debe guardar rencor por estar disgustado con algo inferior a Él. Ibn ‘Arabi se arrepintió de su falta de caridad, y al día siguiente le llevó al hombre un obsequio de elegantes prendas. Cuando éste oyó el relato de Ibn ‘Arabi, se echó a llorar, sus reservas sobre Abu Madyan desaparecieron y fueron sustituidas por amor hacia él. (Addas 1993, p. 114)
Abu Madyan Shu’ayb ibn al-Husayn al-Ansari (h. 509/1115-16; 594/1198) nació en Cantillana, cerca de Sevilla (Ishbiliya) en Andalucía. Su padre falleció siendo él un niño, y fue criado por sus hermanos que lo trataban mal, obligándole a estar muchas horas en el monte cuidando a sus rebaños; cuando su edad se lo permitió, se marchó del pueblo y siguió su camino hasta alcanzar la costa al sur de España.
Allí encontró a un ermitaño que le aportó sus primeras ideas sobre Allâh, y que le recomendó que cruzara el Estrecho. Desembarcó en la ciudad de Ceuta (Sabta), al norte de Marruecos, y, para asegurar su subsistencia, se integró en la comunidad de pescadores, aprendiendo su oficio.
De ahí se dirigió a Marrakech, floreciente capital del estado almorávide fundada medio siglo antes por Ibn Yasin (m. 451/1059), hombre éste imbuido de las doctrinas sociales y éticas del Magreb que estaban influidas por el sufismo del este de Irán. Al poco tiempo de su llegada a Marrakech le movilizaron para integrarse en un regimiento de mercenarios andaluces encargado de la defensa de la capital. Pasó pues a ser explotado como soldado, aunque se las arregló para abandonar esta obligación, y se dirigió a Fez; en esta ciudad se apuntó en la famosa universidad de la mezquita Yami al-Qarawiyyin, en donde inició sus estuAllâh.
Su primer maestro en esa ciudad fue Ibn Hirzihim (que se ha convertido en el santo patrón de Marrakech, y al que se conoce por el cariñoso mote de ‘Sidi Harazem’), aunque también sirvió después a otros guías espirituales. De entre los maestros que mencionan sus biógrafos, destaca Abu ‘Abdullah Daqqaq (m. a finales de la década de 1190) que fue su guía mientras estuvo en el animado mercado de Sijilmassa.
Estratégicamente instalado en ese concurrido centro comercial, su maestro era famoso como malamati 2 y también como rebelde frente a las autoridades políticas, un intrépido qalandar 3 que probablemente enseñaría a Abu Madyan la importancia del compromiso personal con Allâh frente a la injusticia de las criaturas de Allâh, se encuentren éstas en el mercado o dirigiendo el estado. Las perplejas autoridades almorávides le confinaron finalmente en la ciudad de Fez, inquietos de que su doctrina sobre la unidad transcendente pudiera inspirar algún tipo de activismo político contrario a su gobierno; pero, sin duda, sus enseñanzas harían que Abu Madyan fuera consciente de la dimensión social del papel del sufí en la sociedad, debiendo estar en ella pero sin ser de ella.
Sin embargo, su principal maestro en la Senda fue Abu Ya’za, por quien abandonó Fez y todos sus estuAllâh para dirigirse al apartado zawiyya (centro sufí) del monte Ayrujan, en las montañas del Atlas central, en el centro de Marruecos. Fue Sidi Bu’azza, como era conocido familiarmente su nuevo maestro, quien le despojó de todo lo que quedaba en él de apego al mundo y al ego, y quien le guió hasta alcanzar la perfección.
Antes de que terminara de convertirse en maestro por derecho propio, su maestro percibió en él su aptitud y su estatura espiritual y le nombró muqaddam (sheij o jalifa en la terminología de otras órdenes) y portavoz en la zawiyya de Fez, y le correspondía por ello contestar en árabe, un idioma que el maestro no dominaba con facilidad, a los ataques de los religiosos. Cuando alcanzó el final de la Senda, y fue reconocido como maestro- probablemente sucedería esto cuando murió su propio maestro en 572/1177 y fue confirmado como su sucesor- se dirigió a Bijaya (en la costa que corresponde a la Argelia actual), donde estableció su propia zawiyya. Entre los habitantes de esa ciudad se le conocía como el sheij al-mashayej (“el maestro de los maestros”), y tenía fama de llevar a muchos de sus discípulos hasta el nivel de la maestría.
Abu Madyan pasó la mayor parte de su vida soltero, aunque parece que vivió durante un tiempo con una concubina negra, siguiendo órdenes de su maestro Abu Ya’za, mientras era discípulo suyo. De esta mujer tuvo un hijo y, cuando su unión con ella llegaba a su fin, otro discípulo se casó con ella y se hizo cargo del hijo; Abu Madyan pasó entonces a vivir en celibato, siguiendo las indicaciones que le hicieron, del mismo modo que viviera su ilustre predecesor en Jorasán, Bayazid.
El ambiente de aquella época estaba impregnado de influencias provenientes de Irán y de Mesopotamia, que se sumaban al fermento de elementos no árabes, principalmente bereberes e ibéricos, que buscaban un lugar en una sociedad dominada hasta entonces por lo árabe; sociedad “abierta a la influencia de… formas reformistas y socialmente activas de expresión religiosa, como el sufismo y sus movimientos asociados de futuwwat (caballerescos y gremiales), que habían sido introducidos recientemente por magrebíes que habían cursado estuAllâh (y recibido instrucción espiritual) en Oriente Medio” (Cornell 1996, p. 17)
“Además de por su contribución al desarrollo de una metodología sufí,” o sea, las disciplinas ascéticas que debían de prescribirse, “Abu Madyan fue conocido sobre todo, en las sucesivas generaciones de sufíes del Magreb occidental, como el maestro de la morada del tawakkul (confianza en Allâh) (ibid., p. 31), que, como decía, “significa confiar en lo que está garantizado y transformar el movimiento en reposo” (ibid., pp. 126-27, aforismo 46; trad. rev.).
Este reposo (sukun) “implica el esfuerzo consciente del morid (discípulo) para cesar toda la actividad vana, e inspirada por el mundo, de la inteligencia racional y substituirla por una mente pasiva y vacía, preparada para recibir el regalo de la subsistencia en Allâh (baqa) tras el anonadamiento (fana)” (ibid., p. 31).
En plena tradición del Jorāsān, Abu Madyan define esta condición desde la perspectiva de la reunión (yam’), que, dice, “hace que tu dispersión (tafraqa) desaparezca y borra tus indicios (las señales de tu existencia)” (ibid., pp 124-25, aforismo 43, trad. rev.).
Refiriéndose a su propia condición espiritual Abu Madyan decía:
“Mi morada es la servidumbre, mi conciencia la Divinidad, y mis atributos el Señorío (rabbaniyyat). El conocimiento de Allâh ha colmado aquello de mí que es latente y aparente, y la tierra y el océano que me conforman están llenos de Su luz” (ibid., p. 32, trad. rev.).
Uno de los elementos básicos de la práctica sufí, que ha sido transmitido a lo largo de la cadena iniciática del sufismo hasta nuestros días, es el muraqebah o muraqebah an-nafs (meditación), en la cual el sufí está atento a todo aquello que pasa por su consciencia. El doctor Nurkhbash, uno de los representantes en la actualidad de esa cadena, como maestro de la Orden Nematollahi, lo explica así: “Para el sufí, muraqebah, meditación, es guardarse, tanto interior como exteriormente, de todo lo que no es Allâh, y concentrarse plenamente en Él.” (Nurkhbash 2001, p.63). Addas señala que esta enseñanza en particular fue comunicada en primer lugar a Abu Madyan por un maestro llamado Muhammad b. Qassum, en la época que precedió a su discipulado con Abu Ya’za (Hirtenstein 1993, p. 174).
Abu Madyan advierte que el término del Jorasán de faqir, pobre, aquel que está totalmente comprometido con la pobreza espiritual, no debe ser utilizado a la ligera, ya que es el título honorífico de aquel que se aplica, de todo corazón, a seguir las disciplinas prescritas como, “el musulmán por antonomasia, o sea aquel que ‘se rinde a la voluntad de Allâh’” (ibid.).
Abu Madyan, en su obra Bidayat al-morid (Trabajo del discípulo), describe al faqir con los siguientes términos:
“Los verdaderos pobres nunca son enviAllâhos, ni están abatidos, ni presumen de sus conocimientos, ni son avaros de lo que poseen. Al contrario, sirven de guía, alegremente, con clemencia de corazón y compasión hacia las criaturas de Allâh, siendo éstas para ellos como uno de sus propios miembros. Son ascetas y, para ellos, la alabanza y la infamia, el dar y el recibir, la aceptación y el rechazo, la riqueza y la pobreza, son uno y lo mismo. Nunca se alegran con lo que llega ni se apenan por lo que ya pasó” (ibid., pp. 90-91, trad. rev.).
Preconizando firmemente la futuwwat (caballería espiritual) y el isar (dar prioridad a los demás sobre uno mismo), como se lo enseñó su maestro y personas como Ibn al-‘Arif, como lo señala Cornell (p. 33), Abu Madyan prosigue,
“El sufismo no es la mera observancia de reglas ni la mera progresión por las etapas. El sufismo supone, más bien, profundidad del corazón, generosidad del alma, adecuar los propios actos con lo revelado, y conocimiento de lo transmitido” (ibid., pp. 90-91, trad. rev.).
Uno de los puntos clave de las enseñanzas de Abu Madyan es un elemento que transmitió a Abdul Hasan Shazeli. Este enuncia así este punto doctrinal, “Abu Madyan considera al sufí, no como un asceta apartado del mundo, sino más bien como una parte integral y plena del entorno social. El sufí es una persona que puede apartarse periódicamente de los demás para su desarrollo personal, pero a la vez mantiene una vigilancia constante sobre su propio comportamiento y sobre las actuaciones de los que le rodean” (ibid., p.33).
Los sufíes que han heredado estas enseñanzas, como los Shazeliya y los Nematollahiya, han adoptado siempre el enfoque de que se está en el mundo, sin ser del mundo. El actual maestro de esta última orden, la Orden Nematollahi, el doctor Javad Nurbakhsh, insiste particularmente en este principio, y afirma que el sufí debe dedicarse a trabajar, por una razón de orden externo, que es no depender de nadie para su subsistencia, y otra de orden interior, con el propósito de que el ego (nafs) se implique en ello, y quede así neutralizada su capacidad de interferir en la práctica espiritual.
Debido a su elevado estado espiritual, Abu Madyan, como Bayazid y muchos de los grandes maestros del Jorasán, pronunció palabras paradójicas (shath), como por ejemplo esta respuesta que dio a una persona que le preguntaba si aún experimentaba en él los efectos de su nafs (ego):
“¿Acaso la Piedra Negra la Ka’ba experimenta los efectos de sí misma? La condición que la rige a ella es la misma que me rige a mí.”
Según Ibn ‘Arabi, esto indica que había alcanzado la morada de ‘adam ta’thir az qeyr (no estar afectado por nada ajeno a Allâh) (Nurbakhsh 1979, p. 35).
Afirmaciones como ésta hicieron caer el oprobio sobre Abu Madyan, como ocurrió con tantos otros maestros, e hicieron que los clérigos exotéricos le anatemizaran y le condenaran por heterodoxo, herético y blasfemo. También, al parecer, provocó esta oposición del clero la terminología que usaba Abu Madyan, quien, según Cornell, “siguiendo la práctica caballeresca de los fityan (yawanmardan, caballeros) del Jorasán en el oriente musulmán, llamaba a menudo a sus discípulos ‘sultanes’” (Cornell 1996, p. 15). La dignificación de los ‘pobres’ que realizaba Abu Madyan parece haberse añadido a las ofensas hacia las autoridades religiosas.
Finalmente, en 594/1198, el severo dirigente almohade Abu Yusuf Ya’qub al-Mansur le mandará llamar para que acudiera, de su janaqah de Bijaya a la capital Marrakech, a rendir cuentas. Por el camino, anciano y enfermo, con su séquito de discípulos, paró para pasar la noche en el pueblo de Yassir, agotado, e incapaz de continuar el viaje. Allí murió, acompañado por sus seguidores, que llevaron a enterrar su cadáver a Ribat al-‘Ubbad, la “janaqah de los devotos”, en la ladera occidental de los montes que dominan la ciudad de Tlemcen. Rodeado por sus queridos discípulos, según cuenta Yafe’i, anunció a los que estaban junto a su lecho,
“Voy de camino para visitar a los hermanos inmortales.”
y finalmente, sus últimas palabras fueron,
“Allâh es la Verdad” (Allah-ul Haqq).
(Yafe’i 1970/1390, III, p. 471)
La tumba de Abu Madyan en al-Ubbad, hoy en los suburbios al este de Tlemcen, es objeto de veneración por parte de miles de peregrinos que acuden allí todos los años. Un bulevar que lleva su nombre conduce desde la ciudad hasta este granAllâho lugar. Abu Madyan es, de todos los Amigos de Allâh enterrados en aquella tierra, el que suscita mayor devoción, hasta el punto que se le puede calificar propiamente de ‘Santo patrón de Argelia’.
Como señala Addas, “Fue con Abu Madyan con quien la tendencia sufí del Magreb, única en su género, se afirmó realmente…Era tal el número de los discípulos de Abu Madyan, algunos de los cuales extendieron en el este sus enseñanzas, que se explica la posición de privilegio que ocupa en el sufismo, tanto en el occidental como en el oriental” (Addas 1993, p. 60).
Le debemos a esta misma autora la forma más elegante de referirse a la influencia de Abu Madyan en las generaciones posteriores, hasta nuestros días:
“Las procesiones que congregan a una multitud en torno al mausoleo de Abu Madyan en Tlemcen, cada año con motivo del festival religioso, dan un testimonio adecuado de la vitalidad y del ardor del culto del que es objeto” (Hirtenstein 1993, p.163). Ella atribuye el amor del que es objeto de manera principal a dos factores, y dice:
“En primer lugar, no se debe ignorar la dimensión estrictamente carismática de Abu Madyan, que arrastraba a un grupo tan elevado de discípulos que, según algunos cronistas, las autoridades almohades sospechaban de él pensando que quería levantar un ejército y reclamar para sí el título de Mahdi. Esto da una idea de la inmensa popularidad de la que disfrutó en vida Abu Madyan” (ibid., p. 164).
El segundo factor tiene que ver con la permanencia de la fama del maestro, que contrasta con la de muchos otros, “que también tuvieron un cierto éxito en su paso por este mundo, pero de los cuales no ha quedado ninguna reminiscencia en la memoria ni nombre en los epitafios, mientras que el renombre de Abu Madyan ha resistido notablemente los ataques del tiempo” (ibid.).
Y lo que es más importante, su “fama, de hecho, se mantuvo activamente y se alimentó regularmente a lo largo de los siglos, tanto mediante una fuerte tradición oral, reflejada en particular en algunos muwashshahat poemas populares originarios de Andalucía que ensalzan sus milagros y alaban sus virtudes- uno de ellos, compuesto recientemente por un cantante argelino, ha tenido un gran éxito entre los jóvenes magrebíes-, cuanto por un gran número de obras literarias más o menos eruditas” (ibid.).
Portada libro Abu Madyan

Una prueba de la monumental estatura de Abu Madyan es su enseñanza, reflejada en aforismos y en escritos. Realizó una considerable contribución a la difusión del sufismo en su época, una situación que Cornell describe en los siguientes términos: “el siglo VI-XII, aunque se situara apenas en el amanecer de la historia del sufismo en el Magreb, estaba realmente más allá de la mitad de la mañana en cuanto al desarrollo del misticismo islámico en su conjunto,” ya que allí, cada maestro “que vivía en el occidente musulmán, era ya el receptor de numerosas tradiciones esotéricas orientales, depuradas y transformadas con el tiempo” (Cornell 1996, p.27).
Y sigue este autor ilustrando la naturaleza de la contribución de Abu Madyan, “La obra de Abu Madyan, Bidāyat al-morid… demuestra claramente lo generalizada que fue la influencia en el Magreb de las doctrinas de los sufíes orientales, especialmente los del Jorāsān. De hecho, si no fuera por la referencia a prácticas y actitudes específicamente magrebíes, como el modo de vestir de su tā’ifa y los tipos de ayuno que el sheij ordenaba a sus discípulos, se le pondría en un aprieto a aquel que quisiera distinguir el tratado de Abu Madyan de otros escritos en la misma época en el Mashreq (Oriente)” (ibid., pp. 27-28).
A la vez que hacía énfasis en el ascetismo y en una disciplina rigurosa, la doctrina de Abu Madyan le daba la misma importancia a la sinceridad; el maestro, en uno de sus aforismos, afirmaba:
“Los sinceros son escasos entre los virtuosos” (ibid., pp 124-25, aforismo 41). Con esto el maestro previene contra la asociación con los predicadores hipócritas (ibid., pp. 118-19, aforismos 11 & 12).
Ha llegado hasta nosotros una obra en árabe, que analiza la obra Sawaneh, del maestro persa Qazali, a nombre del maestro de Abu Madyan, Abu Ya’za. Dado que este maestro bereber era analfabeto y no sabía árabe, este texto, Risalah fi tasawwuf (Tratado sobre el sufismo), fue probablemente dictado a uno de sus discípulos que pudiera escribir en árabe, y con un cierto estilo. El tema de la obra, una descripción de la Senda sufí como proceso de conocimiento por el amor y del despertar del corazón, está perfectamente en la línea de Qazali.
Empieza así: “Sabed que la gnosis significa el conocimiento de los estados, y lleva al que la posee fuera de sí mismo, mientras existe en todo su corazón, hasta su mismo centro (suwaydā)”. Después de una introducción en prosa siguen unos versos, que comienzan diciendo:
He sido testigo de la Belleza, he contemplado la Majestad, el amante y el Amado en todos los estados.
(Dukkali 1996, p.181)
Este breve texto es un resumen de la senda del amor y del anonadamiento, en el espíritu de Ahmad Qazāli, conciso como lo permitía el entorno austero de la escuela Maliki del Magreb que hace que el texto esté exento de cualquier aspecto que pueda escandalizar; sin embargo, expresa los conceptos, propios del maestro, de motivación por el amor, de no existencia del yo y de contemplación del Amado con los ojos del Amado en el corazón propio, conceptos todos que recuerdan las enseñanzas del Jorasán de Ahmad, transmitidas en el tiempo a lo largo de generaciones espirituales y desde Bagdad hasta el Magreb.
El espíritu caballeresco que Abu Madyan heredó de Ahmad, tanto por el linaje espiritual como por afinidad intelectual, se expresa en sus consejos a los discípulos, tanto en prosa como en verso; y, aunque la poesía esté escrita en árabe, su carácter admonitorio es muy similar al del poeta Hakim Sana’i, uno de los discípulos aventajados de Ahmad, y sigue en esto la antiquísima tradición iraní del Libro de consejos (pand-nama).
De hecho, el espíritu de caballería espiritual de Abu Madyan, en la línea de Ahmad, no precisaba de expresiones provocadoras para que las autoridades del Magreb de su época se enfrentaran con él. Para atraerse la ira de los gobernantes del Magreb, almorávides y almohades, le bastaba con declarar en verso:
¿Qué placer puede haber en vivir,
si no es en compañía de los derviches?
¡Ellos son los verdaderos sultanes,
los nobles herederos del Profeta,
los príncipes!
A pesar de todo Abu Madyan, el seguidor de Qazali, siempre se mantuvo firme en declarar la dignidad de los ‘pobres de espíritu’ (fuqara’), y resuelto en mantener los principios de la caballería (yawanmardi), y declaraba en el mismo poema anterior que la grandeza de los derviches consistía en su humildad y en que eran los “primeros en dar prioridad a los demás” (Ansari 1996, p. 163).
El primer maestro de Abu Madyan, el marroquí ‘Ali b. Hirzihim, era discípulo de Abu Bakr b. al-‘Arabi, que había estudiado teología asharita y jurisprudencia Shafi con Abu Hamid Qazali (m. 1111), famoso sufí, teólogo, jurista y filósofo del Jorasán más conocido en Occidente como al-Gazal. El sufí andalusí ‘Abdul Rahman al-Balawi (m. 1150-1), también estudió con Qazali en 1103-4. Al volver a Almería fue profesor del eminente maestro sufí bereber Abdul ‘Abbas Ahmad b. al-‘Aref (m. 1141), uno de cuyos discípulos fue el que enseñó a Abu Madyan las Tradiciones Proféticas. Estas son dos de las múltiples vías por las cuales llegó a Abu Madyan el sufismo oriental del Jorasán.
La unión del fervor bereber y de la espiritualidad iraní se manifiesta, no sólo a través de los maestros de Abu Madyan, sino por todo un movimiento que nace en el seno del grupo tribal sanhayi, en la costa atlántica de Marruecos, que impregnó tanto la dinastía política almorávide como la orden sufí Sanhayiya, fundada hacia 1140, con los principios del sufismo del Jorasán.
En palabras de Cornell: “en cuanto a la relación entre las personas, el enfoque de la orden Sanhayiya seguía absolutamente la doctrina de la caballería islámica (futuwwat) definida más de dos siglos antes por los maestros espirituales del oriente musulmán” (Cornell 1996, p. 24). De hecho, las shurut al-suhba (condiciones para la afiliación) escritas por el fundador de la orden, conforman un manual extraído directamente de las enseñanzas de Abu Sa’id Abduljeir (m. 1046), que fue el primero en proponer el nombre de janaqah para los centros de reunión de los sufíes.
Dichas condiciones se aplican a los discípulos y a todos aquellos que se colocan bajo el ala del maestro o sheij del janaqah, o ribat, que es el nombre que le dan a sus centros los sanhayis y los demás sufíes de Marruecos, de dónde les viene su nombre dinástico, los al-murabbitun, los moradores del ribat. Incluyen determinadas instrucciones como “la constancia y la satisfacción con aquello que Allâh provee”, “el perdón para los actos perjudiciales de los demás” y “la ocultación de los errores de los demás” (ibid. p. 24).
El sufismo llegó relativamente tarde a las tierras occidentales del Islam, la península Ibérica y el Magreb. No deja de ser sorprendente que bajo el régimen tolerante del califato omeya de Córdoba (756-1031) el sufismo no consiguiera dejar realmente su huella, a pesar de ser ésta una época dorada en la historia de la humanidad, con pensadores, poetas y artistas de las tres religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e Islam) conviviendo pacíficamente en un entorno de fe compartida y de mutuo respeto.
Después de Abu Madyan, la tradición caballeresca y de amor de Ahmad Qazali sigue propagándose a lo largo de la Cadena Madre, y la línea iniciática transcurre a través de maestros de diversas etnias. Del andaluz Abu Madyan pasa al nubio, nacido en Egipto, Abdul Futuh Sa’id Sa’idi, llamado Shahid (el Mártir), porque fue muerto durante las campañas en las cruzadas de Salah ad-Din Ayyubi, probablemente en la batalla de Hattin (583/1187), que llevó a la recuperación de Jerusalén durante el reinado de este gobernante de Egipto, kurdo y sufí. El maestro Sa’idi, antes de su campaña militar, había iniciado, formado y llevado a la perfección al persa iraquí Naym-ul Din Kamal Kufi, que se había establecido en Egipto.
De hecho, el transcurso de la línea genealógica de la Cadena Madre en esta época se corresponde con un desarrollo importante en la historia de Egipto, donde, según Addas, bajo los gobiernos benevolentes y pro-sufíes de Salah al-Din y de sus sucesores, se produjo “una fuerte inyección de sangre iraní en la sociedad ayyubida”, unida a “una importante contribución bajo la forma de inmigrantes procedentes del occidente islámico”, ya que, en Egipto, “se hacía todo lo posible para facilitar su acogida y su instalación” (Addas 1993, p. 189).
Kamal se convirtió a su vez en el maestro del brillante poeta árabe, nacido en Egipto, Ibn al-Farid (m. 1235), uno de los exponentes del éxtasis al modo de Qazali, que es recordado como el cantor en su obra Jamriyya de los siguientes versos:
Bebimos vino en memoria del Amado
antes de que fuera creada la vid.
Confirmando lo dicho anteriormente sobre la mezcla de gentes de diverso origen en esa tierra, Kamal transmitió la línea de sucesión en la Cadena Madre a un magrebí residente en Egipto, el bereber marroquí Radiy ad-Din Salih Barbari.
Este último, a su vez la transmitió al yemení Yafe’i, autor prolífico de libros sobre doctrina sufí, historia y biografías, entre cuyas obras destaca el Mir`at al-yinan, en el que habla de su lejano predecesor Ahmad Qazali, al que considera el fundador inicial de su cadena de maestría y de su posición doctrinal (Nurbakhsh 1979, p. 37). Con la iniciación por Yafe’i de Shah Nematollah, la cadena pasó al mismo Irán.
Esto representó una suerte de justicia poética, ya que la doctrina de los maestros de ese linaje había estado, a lo largo del tiempo, fuertemente influida por la gnosis y la devoción en el amor, propio del Jorasán, igualmente representada por alguien del mismo Jorasán como Ahmad Qazali, o por un magrebí como Abu Madyan, doctrina que habían heredado ambos junto con la transmisión espiritual que recibieran.
Quizás la clave de lo que representa la herencia recibida por Abu Madyan de los maestros del Jorasán, y dejada a su vez en herencia al sufismo magrebí en particular, y en general a la Senda sufí seguida por las órdenes Shadili, Nematollahi, Qadiri y otras seguidoras de esta doctrina, incluso al sufismo en su conjunto, es la que los amigos de este imponente maestro de Tlemcen han reproducido en sus escritos:
El principio del amor Divino consiste en invocar el Nombre de Allâh continuamente, en esforzarse con todas las fuerzas del alma en conocerle a Él, y en no fijarse en nada que no sea Él (Sekkal 1993, p. 84).


Bibliografía


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—Nurbakhsh, J. 2001. En la Taberna, paraíso del sufí. Madrid, España: Editorial Nur.
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—Qazali, A. 1973. Risala-yi sawanih wa risala’i dar maw’iza. Editado por el Dr. Javad Nurbakhsh. Teherán, Irán.
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—Yami, ‘A. 1991. Nafahat al-uns men hadarat al-quds. Editado por M. ‘Abidi. Teherán, Irán: Itila`at.



Notas

1 Los awanmardan (textualmente: los jóvenes de espíritu) es el nombre con el que se conocía a los seguidores de la Teosofía de los antiguos sabios persas, conocida como la Teosofía de los reyes (Hekmat-e Josrawani), tradición que existía, en Persia y en el Oriente Medio, en el seno de las antiguas creencias, como el Mitraísmo, el Zoroastrismo, y el Maniqueísmo. Después, con la aparición del Islam, y la invasión de Persia, esta tradición, bajo el manto del Islam, dio origen a lo que hoy se conoce como “sufismo” y “futuwwat”. Todavía hoy día, en Irán, se refieren a los sufíes, en especial, y a todo hombre de bien, en general, con el nombre de awanmard. Para más información, véase el libro “En el camino sufí”, del doctor Javad Nurbakhsh. N.T.

2.- Malamati (textualmente: reprochable): nombre con el que se conoce a los sufíes de la Orden malamatiya, fundada por Abu Sāleh Hamdun Qasar Neyshaburi (m. 880), de Neyshapur en la comarca del Jorasän, Irán. Los malamatiyan eran gente pura, y siempre buscaban el reproche y la crítica de la gente, como medio de purificar el ego. N.T.

3.- Calandar (Qalandar): se denomina así a aquel derviche (darwish) desapegado de todo y sumergido en un estado de rapto, que se ha liberado de toda limitación, que no se ocupa de su vestido, ni de sus alimentos, ni de los actos de devoción, ni de las oraciones y plegarias, y que está por encima del rechazo o la aceptación de la gente.


(Fuente: http://www.webislam.com/articulos/62414-abu_Madyan.html)



 
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