Guía histórica y política de Chechenia

10/2/09

El día 12 de enero de 1995, el entonces Ministro de Asuntos Exteriores de Chechenia, Yusef Chamsedin, autorizó a Shayj Abdalqadir as- Sufi como representante del movimiento de resistencia chechena a través de la Alianza Islámica en Europa, creada “ad hoc” para dar a conocer entre nosotros la realidad de los pueblos musulmanes, no sólo de Chechenia, sino del Cáucaso en su totalidad. A su vez, Shayl Abdalqadir as-Sufi me autorizó para ser su portavoz en España.

Producto de aquella confianza personal fue este breve trabajo a modo de “Guía histórica y política de Chechenia” que a continuación entrego (publicado en Los Cuadernos del Aljarafe, Colección Términos de Lejanía, nº 1, Granada, 1995), así como la Manifestación por la Soberanía del Islam en Chechenia que tuvo lugar en Granada el día 13 de enero de 1995.

Manifestacion pro Chechenia


Cartel bueno


CHECHENIA: GUÍA HISTÓRICA Y POLÍTICA

Los chechenos son un pueblo caucásico autóctono (cerca de 1,5 millones de habitantes) asentado en un territorio de 16.500 Km2 (equivalente a la provincia de Cáceres), y son musulmanes sunníes desde hace más de seis siglos.

Chechenia fue, primero, un territorio dominado por el imperio mongol, para pasar luego al control de Persia y convertirse después en un protectorado septentrional del imperio otomano. Geográficamente, limita al norte con la provincia rusa de Stavropol y Daguestán, al noroeste con Osetia del Norte, al oeste con Ingushetia, al sur con Georgia y al este con Daguestán.

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La resistencia sufi

Los acontecimientos actuales tienen un sorprendente paralelismo con las guerras caucásicas de hace 150 años. Teniendo en cuenta que la penetración rusa en el Cáucaso comenzó en el siglo XVIII, y que los ingushes se sometieron al autocrático cetro de los zares, los chechenos, en cambio, lucharon ferozmente por seguir siendo libres, y nunca fueron aplastados del todo, gracias a los lazos fortísimos que había entre las "tariqas" sufis.

Dicha penetración rusa en el Cáucaso fue parte del plan general de restauración del Imperio bizantino propuesto por Catalina II, a fin de expulsar a los turcos de Europa. De hecho, la flota rusa navegó en 1770, bajo dirección inglesa, alrededor de Europa y a través del Mediterráneo para derrotar a la flota turca. La lucha en el Cáucaso, pues, era a la vez el escenario oriental de la continua disputa por la hegemonía en el Oriente Próximo y ante todo por el control sobre el Imperio otomano. Por ello, al margen de las sangrientas batallas acontecidas desde 1840 hasta 1880, los musulmanes del Cáucaso quedaron abandonados a su propia suerte, previo bloqueo marítimo de sus costas. La unión eslava ocupó a la opinión pública europea en la pugna por conseguir el control sobre las repúblicas centroasiáticas o musulmanas. Así, el Estado único ruso se formó en los siglos XV-XVI por medio de la denominada “reunión de tierras” alrededor de Moscú, destruyendo las tradiciones islámicas de autoadministración.

Si durante el siglo XVIII el líder de la resistencia fue Mansur Ushurma, en el XIX Chechenia se erigió en bastión de la lucha por la independencia del Cáucaso. Como escribe Juan Goytisolo: “«Todo el Daghestán insumiso y toda Chechenia obedecen hoy a Shamil», escribía un oficial ruso en 1843 (...). Shamil impuso la shariah o ley islámica, abolió las luchas intertribales y autorizó a las cofradías (tariqas) el dhikr”(1). Así hasta 1859, en que la rebelión fue aplastada; Shayj Shamil, capturado, y las tierras chechenas conquistadas por las tropas zaristas, al igual que todas las tierras de los pueblos del Cáucaso (mayoritariamente musulmanes), convirtiéndose, entonces, en el Turquestán, la colonia sur del Imperio ruso. Muchos chechenos emigraron, principalmente a Turquía, Siria y Jordania (en este último país, los chechenos tienen reservado un escaño en el Parlamento). Los que quedaron comenzaron a sufrir la dependencia colonial y la explotación. Los rusos “querían crear un desarraigado, arrancado de su cultura, de su ambiente y de su paisaje, y por ello más indefenso y más obediente ante las directrices del régimen” (2). De ahí las continuas, intensas y masivas migraciones, deportaciones y traslaciones de pueblos, que comienzan entonces a sucederse.

El gobierno ruso intentaba hacer desaparecer los dos factores de los que depende la soberanía del Islam: las propiedades (Waqfs) y la ley islámica (Shari´a). Los "awqaf" (pl. de waqf), conocidos como fundaciones, son en realidad los bienes inalienables, esto es, las tierras o los inmuebles, sin contar los legados incluidos en los testamentos. Pues bien, gran parte de estos bienes protegidos (por los sufíes) pasaron definitivamente a manos de los burócratas rusos. En cuanto a la "Shari´a", no fue hasta el período de reorganización política y territorial de Asia Central llevado a cabo en 1924, cuando los rusos decidieron restringir el poder de los tribunales islámicos, igualando sus funciones a las de los tribunales soviéticos. Y finalmente, el 21 de septiembre de 1927 se aprobó un decreto que puso efectivamente fin a su existencia, puesto que las dejaba sin poder para ejecutar sus sentencias.

No obstante –continúa diciendo Juan Goytisolo–, “un murshid de la Kadiría, Kunta Haxi, encabezó esta vez la resistencia tras una fase de coexistencia prudente con el invasor. Los ex combatientes de Shamil, víctimas de la opresión rusa, comenzaron a reagruparse en Chechenia (...), pero la represión fue de nuevo durísima (...). En 1877, Naqshabandis y Qadiris unieron sus fuerzas y se sublevaron tanto en Chechenia como en Daghestán (...). Pero, una vez más, la revuelta acabó en un final sangriento (...). Pero, como señala Alexandre Bennigsen, «el fracaso de la rebelión, lejos de marcar la decadencia de las tariqas en el norte del Cáucaso, sirvió de punto de partida a una nueva era de expansión espectacular» (...). Cuando Nicolás II abdica, había alrededor de 1700 mezquitas en Daghestán y 700 en Chechenia” (3). Desde entonces, las tariqas sufis –Qadiriya y Naqshabandiya, preferentemente–, siguen inspirando y encabezando la resistencia a todo atentado cultural o militar contra el Islam en el Cáucaso.

En el año 1917, la revuelta antizarista del Turquestán no la encabezaron los chechenos, ni los uzbekos o los kirguizes, sino los colonos del lugar: los rusos, conservando así el poder, esta vez como bolcheviques. Entonces –como observó Oswald Spengler, en 1933–, los bolcheviques comenzaron a desplazar el centro de gravedad de su sistema hacia el Este: “Todas las grandes zonas industriales que tienen importancia para la política de fuerza han sido organizadas al Este de Moscú, en su mayoría al Este de los Urales, hasta en el Altai, y hacia el Sur, en el Cáucaso”. De esta manera, toda la región al Oeste de Moscú –la denominada Rusia Blanca y Ucrania– constituía una “ringlera” contra Europa (contra Alemania, sobre todo), que podía ser sacrificada sin que se produjera ruptura alguna en el conjunto del sistema. Así, en los arreglos de paz de 1919, esta “ringlera” del Oeste se compuso de los Estados independientes de Finlandia, Estonia, Lituania, Polonia, Checoslovaquia y Rumanía (4). ¿Cómo, si no, poder sobrevivir al cerco estrangulador de la comunidad democrática global? Por el lado Sur, en cambio, la “ringlera” del Cáucaso quedaba como esfera de influencia rusa: como estados topes que protegían el Imperio contra Turquía e Irán.

En 1922 obtuvo el pueblo checheno su primera autonomía. Pero, a partir de 1923, los soviéticos abolen los tribunales islámicos, "lanzándose —según Carlos Caballero Jurado— a una frenética campaña anti-religiosa, que chocó con las arraigadas creencias musulmanas de estos pueblos. Las tariqas sufíes, muy influyentes en la región, llamaron a la Guerra Santa y las guerrillas fueron creciendo en número e importancia desde 1924 a 1928. El principal foco de resistencia lo constituían los chechenos e inguches" (5)

En 1924, el Turquestán queda dividido en cinco repúblicas: Turkmenia, Tayikistán, Uzbekistán, Kirguizia y (en varias etapas) Kazajstán. Mientras que la Ciscaucasia, por un lado, quedaba dividia en siete circunscripciones administrativas, establecidas en cuatro Repúblicas Socialistas Autónomas (los Pueblos del Daghestán; los Kabardinos y los Balkares; los Osetios septemtrionales y, por último, los Chechenos y los Inguches), y en tres Regiones Autónomas (Los Adigios; los Karachais y los Cherkeses). Y, por otro parte, la Transcaucasia occidental quedaba dividida en tres circunscripciones (aparte de la República Socialista Soviética de Georgia): las dos Repúblicas Socialistas Autónomas de los Abjasios y de los Adzharios, y la Región Autónoma de los Osetios meridionales.

«Además, a esta organización política —continúa diciendo Carlos Caballero Jurado—, se unió una política cultural de "vuelta a los orígenes" o "renacionalización", que se desarrolló en cada una de las Repúblicas de la URSS. Pieza básica de ello era la difusión de las distintas lenguas nacionales, a las que se le reconoció carácter de lengua oficial. Pero el objetivo final de esta política no era sólo combatir el "chauvinismo gran ruso", tal como afirmaba Lenin, ya que en las regiones musulmanas de la URSS (y el Cáucaso lo era en buena medida), existía otra razón, que nos desvela Carrere d´Encausse: "La igualdad de los derechos culturales reconocida a cada nación estaba destinada a romper la cohesión de los pueblos musulmanes del Caúcaso o Asia Central. Ahora, con el nuevo orden soviético, en el interior de las fronteras establecidas, cada nación debía usar su propia lengua. Este igualitarismo cultural ponía fin des esta manera a los sueños panturcos o panmusulmanes"» (6).

Pero no acababa ahí la política de renacionalización, sino que afectaba también "a la interpretación de las distintas historias nacionales de los pueblos de la URSS". Así —como observa Carrere d´Encausse—, «tras la revolución, los bolcheviques habían proclamado el carácter odioso de la dominación imperial zarista, condenando todo lo que estaba vinculado a ella, y afirmando que la resistencia de las naciones conquistadas al invasor era un acto histórico progresista, independientemente de que sus dirigentes hubieran sido jefes religiosos o cabecillas tribales. (...) Poco a poco, la historia rusa reencontró sus derechos (...). Pero esta rehabilitación provocó un gran problema: cómo interpretar la historia de los otros pueblos de la URSS (...) El igualitarismo revolucionario habíá conducido a glorificar todas las resistencias nacionales a un opresor, el zarismo, que era presentado como "el mal absoluto"» (7)

El Caúcaso era y es un riquísimo mosaico étnico tejido con un número infinito de pequeños grupos, clanes, tribus. En 1929, los chechenos se sublevan de nuevo. La guerrilla de las tariqas sufis se prolongó hasta 1936. En 1934 Chechenia se unió a la de Ingushetia. Y en 1936 se convirtió en la República Socialista Soviética Autónoma de Chechenia-Ingushetia.

No obstante, como dijo el islamólogo ruso E. Mallitski en 1898: "Todos los movimientos intelectuales en el mundo musulmán deben enarbolar el estandarte del sufismo. El renacimiento del Islam solamente puede realizarse bajo su influencia". Es lo que hicieron, en un principio, los chechenos en esta crítica situación: recurrir a la gran herencia sufi para impedir la creación de una "república islámica" con su estructura de estado.


Genocidio y deportacion

El genocidio y la deportación del pueblo checheno

En la década de los años treinta la República de los Chechenos e Inguches «vivió en un estado de guerrillas. (...) Según algunas fuentes, un total aproximado de 35.000 chechenos e inguches fueron enviados durante esa década a los campos de concentración, bajo las acusaciones de "kulak" (campesino acomodado), "contrarrevolucionario" o "nacionalista burgués". (...) Se ha calculado que las purgas stalinistas de 1937-38 ocasionaron unas 125.000 muertes en las Repúblicas de Transcaucasia. Entre los pueblos montañeses del Cáucaso septentrional las purgas del período 1937-38 no fueron menos sangrientas. Sólo por lo que hace referencia a la República Autónoma de los Chechenos e Inguches se calcula en 14.000 el número de víctimas» (8).

Stalin, tras la II Guerra Mundial ordena el genocidio y la deportación del pueblo checheno que antes ha acusado de traición (como hizo igualmente con los tártaros de Crimea, los ingushes, etc.), acusándolos de ser colaboradores del ejército alemán, cuando, en realidad, los alemanes nunca ocuparon su territorio. Los que sobreviven son deportados a Siberia y Kazajstán, encerrados como ganado en trenes de carga. Más de 200.000 chechenos murieron en la operación.

Esta estrategia es continuada sucesivamente con todas las legislaturas soviéticas, a fin de establecer naciones territoriales sin expresión política propia y total. Así, en 1984 sólo subsistían 27 mezquitas en Daghestán y 9 en Chechenia. Los intereses islámicos quedaron radicalmente supeditados a consideraciones de eficiencia económica y productividad.

En 1985 llega al poder Gorbachov con el fin de destapar la caja de los truenos. En otras palabras: Gorbachov es el hombre elegido para romper el espejismo de la Unión Soviética. De entrada, autoriza la reapertura de mezquitas y centros de enseñanza islámica. Concesiones importantes, dado que la llamada "perestroika" fue, en definitiva —en palabras de Peter F. Drucker—, "un intento de forjar un nuevo vínculo de unidad mediante el crecimiento económico y el desarrollo" (9), con el objetivo de superar el problemas de las "nacionalidades". Y dado que la perestroika coincide con el desarrollo del sistema de telecomunicaciones, todos los pueblos que conforman la Federación Rusa comienzan a exponer audazmente sus viejos agravios y reivindicaciones históricas frente al centralismo ruso, configurando un fenómeno de dimensiones incalculables. Pese a todo, Mijáil Gorbachov ordena –evadiendo responsabilidades– las intervenciones militares de Tbilisi (Georgia, 1989) y Bakú (Azerbaiyán, 1990). El objetivo no es sólo aplastar económicamente a dichos pueblos sino vincularlos demográficamente con Rusia. Al mismo tiempo emprende la mediación con Irak en la Guerra del Golfo. ¿Por qué? K.S. Karol nos contesta: “Porque, en efecto, su ofensiva diplomática le garantizaba el mantenimiento de seis repúblicas musulmanas de la URSS (...). Azerbaiyán, (hasta entonces) semiseparatista, se alinea de golpe en el campo del sí al referéndum, después de haber denunciado los bombardeos de Irak (...). Kazajstán se pasa con todo su equipo al campo de Gorbachov.” (10)

Conflictos territoriales

Conflictos territoriales entre el Cáucaso y Moscú

En la geopolítica del Cáucaso, cuando un grupo controla las llanuras, el otro se defiende en las montañas, y los papeles se alternan. Y este estado ha sido casi continuo desde el siglo XVI. Pueblos se apuntalan en pueblos y, por su sola existencia, las fronteras –marcadas por los zaristas o por los bolcheviques– despiertan los instintos atávicos de odio, agresión y destrucción, máxime cuando se ha impuesto simultáneamente el sistema de pasaporte interno, a fin de prevenir una oposición islámica “supraétnica” al régimen.

El Asia Central soviética fue conquistada por los zares en la década de 1860. En 1866 ocuparon Tashkent; en 1868, Samarkanda, y todos sus territorios se unieron al Turkestán ruso. Hasta la revolución de 1917, el Asia Central rusa estaba dividida políticamente en el Janato de Jiva, el Emirato de Bojara y el Gobierno General del Turkestán. El jan (jefe) de Jiva fue depuesto en febrero de 1920; el emir de Bojara, en agosto del mismo año, y el Turquestán se convirtió en república soviética en abril de 1921. Su redistribución se completó en mayo de 1925, cuando los nuevos Estados de Uzbekistán fueron aceptados en la Unión de Repúblicas. Kazajstán y Kirguizia se unieron a la URSS en 1936. (11)

No obstante, pese a la política deliberada de divide et impera impuesta por todos los regímenes soviéticos, desde Lenin a Yeltsin, los chechenos recobraron su autonomía en 1957, pero no pudieron regresar a algunas regiones donde antes vivían y fueron instalados en los valles y en las aldeas cosacas.

Hasta entonces, había imperado la represión masiva. Sin embargo –como refiere Kapuscinski–, “Jruschov primero y Brézhnev después introdujeron una nueva política de dominación en sus colonias. Por regla general, se ponía al frente de las instituciones a un rusificado local, pero el segundo de a bordo siempre era un ruso que recibía disposiciones directamente de Moscú. Otro principio de la nueva política estribaba en el restablecimiento de las antiguas estructuras tribales y en el traspaso del poder a los venales clanes de confianza” (12). Así, por ejemplo, en dos décadas (las de Jruschov y Brézhnev) convirtieron en un desierto de sal más de la mitad de las tierras fértiles de Kazajstán y Uzbekistán, a consecuencia del monocultivo intenso del algodón, controlado por las mafias locales, en connivencia con Moscú. “Desde el punto de vista formal, las cosas se presentaban de la manera siguiente: Moscú fijaba la cantidad de productos agrícolas que cada pueblo debía entregar obligatoriamente al Estado. Las cantidades fijadas superaban en mucho las posibilidades de la producción agrícola de estas tierras. Era obvio que los campesinos no podrían cumplir el plan que les había sido impuesto. Entonces se empezaba a confiscarles los bienes por la fuerza militar, a despojarlos de todo lo que había en los pueblos para comer. Los campesinos no tenían ni para comer ni para sembrar (...). La mayoría de los demógrafos y de los historiadores están de acuerdo hoy en que en aquellos años Stalin condenó a morir de hambre alrededor de diez millones de personas” (13). De hecho, las repúblicas del Cáucaso fueron los reductos más fuertes de los kulaks, los cuales –dirigidos por los soviéticos– conferían a las campañas de abastecimiento agrícola un carácter cada vez más coactivo. En dichos kulaks se contrataban sistemáticamente mano de obra asalariada a fin de producir más de lo que necesitaban los campesinos para cubrir su propio consumo, prestándosele, a menudo, dinero con la exigencia de un interés usurario.

El individuo en Rusia sólo tiene valor como un pequeño miembro de la organización estatal, como una partecita innominada del rodaje del estado. En el fondo, el estado ruso es un gigantesco cuartel. El estado es todo, lo ha absorbido todo y fuera del estado no hay nada. Estrictamente hablando la lengua de cada pueblo, todos viven exclusivamente en el estado. De hecho —como observa Shayj Abdalqadir al-Murabit— "la esclavitud de los musulmanes en el suroeste de Rusia se apoya en el estudio analítico de amplio alcance de los lenguajes locales y en la violenta alineación del lenguaje escrito y hablado con la élite dominante de Moscú. El concepto staliniano del lenguaje en tanto fundamento de la nacionalidad permite dividir el unificado sur musulmán en indefensas y competitivas pseudonaciones o estados" (14).

Yeltsin, pues, no hace más que retomar la historia rusa, y estructura su plan, una vez más, sobre los tres famosos ejes, que se soportan y refuerzan mutuamente. En primer término se denuncia, se da a conocer la corrupción del contrario. Se trata de localizar y desenmascarar a los enemigos. De esta manera, se tienen las manos libres para proceder al castigo de los culpables y a su sustitución por nuevos personajes y métodos. Y todo ello sin dudas ni vacilaciones, con aceleración para impedir que el adversario reaccione y reorganice sus filas. Se trata, en definitiva, de imponer “un régimen injusto de relaciones entre los pueblos”. Los hechos lo demuestran: entre los años 1921-1980, las entonces repúblicas soviéticas hicieron más de 90 revisiones de fronteras, intercambiando territorios. Dichas fronteras fueron trazadas en los despachos del Kremlin y no reflejaron en absoluto el reparto real de los grupos étnicos. “Por ejemplo, la región de Osh, en Kirguizistán, que en 1991 fue escenario de choques entre uzbekos y kirguizos, fue transferida de Uzbekistán a Kirguizistán mediante una simple firma de Stalin” (15). En 1990 –escribe Kapuscinski–, “entre dichas repúblicas afloraron 50 litigios fronterizos, número que últimamente se ha visto muy incrementado. Muchas de las fronteras en cuestión atraviesan tierras habitadas por un mismo pueblo (tal es la situación de la frontera en Tayikistán y Uzbekistán)” (16). Se trata, en definitiva, de descolonizar la Federación Rusa. Mañana quién sabe. Los rusos “están llamados a cumplir un solo objetivo: asegurar la pervivencia y el desarrollo del Imperio, independientemente del nombre que lleve en un momento determinado (e incluso si se desmorona, su tarea consistirá en volver a ponerlo en pie lo antes posible)” (17). La grandeza territorial es fundamental para la identidad rusa. De hecho, el pacto imperial ruso nunca ha sido, ni podrá ser, un pacto voluntario entre pueblos libres, sino entre señoríos territoriales en igualdad de soberanías separadas, pero sujetas al poder constituyente ruso. Porque estos “trozos de Estados”, al no poseer los elementos económicos y tecnológicos indispensables para una existencia independiente, tienen que vivir siempre inevitablemente al dictado de Rusia, con acuerdos de asociación económica, previa mediación de las bandas mafiosas que establecen en estos pueblos su ley, gracias a un sistema de vasos comunicantes. Sus soberanías son, por tanto, subterfugios hipócritas. Por esta razón, Rusia se reserva siempre el derecho a intervenir en los más de 89 territorios que componen la Federación, por delante incluso de cualquier formalismo democrático, salvo en las repúblicas bálticas. Entre ellos, 32 formaciones nacional-territoriales (repúblicas y unidades nacionales) y 56 formaciones territorial-administrativas (provincias y territorios).

Los problemas territoriales surgen por todas partes, en un proceso de reivindicaciones en cadena. La imagen es parecida a la matrioshka: ese juguete popular ruso en forma de muñeca que se abre y allí dentro hay otra, y así sucesivamente. En 1988, por ejemplo, estalló el primer conflicto interétnico en el Alto Karabaj, que degeneró en una sangrienta guerra entre armenios (cristianos) y azerbaiyanos (en su mayoría, azeríes chiítas). Hasta entonces, el número de matrimonio mixtos era notable y miles de armenios vivían en Bakú y de azerbaiyanos en Armenia. Desde 1988, pues, la inestabilidad se ha apoderado de estos pueblos. Por eso, Rusia firma acuerdos para tener bases militares con Armenia y el Alto Karabaj, esto es, con los cristianos en una zona de expansión musulmana.

Ingushetia, por otro lado, acusa a Rusia de haber participado en el genocidio saldado con medio millar de víctimas en el distrito de Prigorodni, hoy bajo jurisdicción osetia y antes bajo jurisdicción ingush. Esto, sin contar con que Ingushetia y Osetia intenten delimitar su frontera común. Ambas “unidades administrativas” formaban una república única hasta 1991 (18). Pero en otoño de 1992 estalló el conflicto osetio-ingush. Rusia, entonces, toma partido por Osetia del Norte –república cristiana en un entorno musulmán-, y miles de ingushes son expulsados. Igualmente, los rusos tienen fuerzas de interposición en Abjazia, república de mayoría musulmana que se declaró independiente de Georgia en 1992, y que cuenta desde entonces con el apoyo de voluntarios musulmanes chechenos y kabardos (de la misma etnia que los abjasos) llegados de la república rusa de Kabardino-Balkaria, para barrer de su camino a los georgianos invasores.

Este recorrido termina en Tayikistán, donde Rusia alienta y mantiene una guerra civil entre los musulmanes tayikos y las autoridades pro-rusas, a fin de seguir controlando directamente las explotaciones de uranio y de níquel de dicha república.

En definitiva, todos los conflictos y agravios interterritoriales entre los pueblos caucasianos y Moscú, son en gran medida producto de una renovada política imperial, aceptada literalmente por la Comunidad Internacional. No en vano, ésta concedió a Rusia en 1993 el papel de “garante de la paz y de la estabilidad en las regiones de la antigua URSS”, dicho con otras palabras, garante de la explotación de los enfrentamientos para debilitar o eliminar a los dirigentes locales considerados demasiado reticentes hacia Moscú, a fin de poner en su lugar a ex-funcionarios del aparato del partido. ¿Por qué?. En palabras de John Le Carré: “¿Por qué (la Comunidad Internacional) acepta como fronteras administrativas trazadas por cartógrafos comunistas, cuando esas fronteras, como en el caso del Cáucaso, fueron ideadas con el propósito expreso de dispersar o subordinar a las minorías conflictivas?” (19). Se sabe incluso que los problemas étnico-nacionales existentes se agravan con los importantes desplazamientos de población entre los territorios de las repúblicas, alentados por Rusia so pretexto de descolonizar antiguas colonias soviéticas.

En este orden de ideas, Rusia firma acuerdos militares con distintas repúblicas. Tal el caso del acuerdo sobre el control de la flota del Mar Negro con Ucrania, por el cual ésta conserva la soberanía sobre Sebastopol, la principal ciudad de Crimea, a cambio del alquiler de sus instalaciones portuarias a Moscú para que éstas sigan como cuartel general de la flota del Mar Negro (creada por la zarina Catalina II en el siglo XVII). O el compromiso con Kazajstán y Bielorrusia para formar una unión aduanera que suprimirá tarifas y controles fronterizos. Kazajstán tiene mil kilómetros de frontera con China, y dispone de la que podría ser la más vasta reserva de petróleo en el mundo. Bielorrusia tiene tres fronteras: con Polonia, Lituania y Letonia. Una vez más , la vieja fórmula de riqueza natural a cambio de ayuda en la defensa estratégica y nuclear.

“El Kremlin –escribe Pilar Bonet– firmó un acuerdo con Kazajstán de formar unas Fuerzas Armadas unidas, suscribiendo otro acuerdo bilateral para la vigilancia conjunta de fronteras, que contempla la creación de un mando unido de Tropas de Fronteras de la Federación Rusa y Kazajstán, con vistas a una puesta en práctica real de la Unión Euroasiática” (20), en el marco de la Comunidad de Estados Independientes. Indudablemente, estamos ante un nuevo sombrío mesianismo eslavo, a fin de federar Rusia en torno de una idea fuerza. De esta manera, las fronteras internas desaparecen tras un acuerdo sobre doble nacionalidad. “Todos estos documentos –según Francisco Herranz– resumen la esencia de la «Unión Euroasiática» propuesta por el presidente de Kazajstán, Nursultan Nazarbaev: Kazajstán y Bielorrusia pierden cuotas de su soberanía nacional pero a cambio reciben la protección y los recursos financieros de Rusia” (21). Kazajstán, además, ha renunciado prácticamente a mantener un Ejército y una política de defensa independiente. Bielorrusia, por su parte, ha encargado la auditoría del estado físico y organizativo de sus ferrocarriles (curiosamente a la empresa española Tifsa, constituida en 1983 por Renfe), a fin de mejorar los cerca de 600 km. de red que se encuentran dentro del corredor ferroviario que une Berlín (Alemania) con las capitales de Polonia (Varsovia), Bielorrusia (Minks) y Rusia (Moscú).

Este bien parece ser el futuro de la CEI: construcción de un proyecto de defensa común de fronteras exteriores desde la periferia hacia el centro. Esto es –en términos geopolíticos–, el proceso de expansión ya no aparece con el esquema clásico de “avance, ocupación y repliegue”, sino como “flanqueo, cerco y ruptura”. Esto supone un paso más sagaz hacia el objetivo final de dominar la Zona Euroasiática que las tácticas que prometían poco más que el dominio sobre un territorio arrasado. Afortunadamente, este proyecto choca con la reticencia de algunos Estados –entre ellos, sobre todo, Ucrania, Uzbekistán, Moldavia y Azerbaiyán–, temerosos de una posible amenaza para su soberanía nacional. Azerbaiyán se ha negado a la propuesta de que los soldados guardafronteras rusos vigilen la frontera entre esta república musulmana e Irán.

No obstante, la situación de los pueblos musulmanes del Cáucaso es sumamente peligrosa, dada la imposibilidad de garantizar por cuenta propia y fuera del marco de la Federación el funcionamiento normal de la economía. Azerbaiyán, por ejemplo, concentra todo su potencial económico en las refinerías de petróleo de Bakú, pero carece de otros recursos que le permitan dirigir su economía con independencia del conjunto de la Federación Rusa. Los lazos económicos y de infraestructura básica entre las distintas repúblicas son muy profundos. Si a esto añadimos la nueva ley rusa que implanta la libertad de compraventa de la tierra, se trata de conseguir que los musulmanes, en vez de aludir a sus tradiciones acerca del uso común de las tierras, por el contrario, tengan miedo a una nueva división de ellas, máxime cuando son tan escasas.

No faltan propuestas en este sentido, como la de Alexandr Solzhenitsin (nostálgico de la monarquía zarista), quien hizo público en 1990 su proyecto del Estado que según él debería sustituir a la URSS. El título de esta publicación es Cómo reorganizar Rusia y en ella Solzhenitsin propone que el futuro Estado se componga de Rusia, Bielorrusia, Ucrania y el Kazajstán del Norte. Todo un plan para la creación de una Unión Rusa exclusivamente eslava. Los ucranianos rechazaron este proyecto, creando un Estado propio, que dentro de poco tendrá moneda y ejército propios. De hecho, es la única república con capacidad para armarse por sí misma y, junto con los Estados Bálticos, se inclina ahora hacia la Gran Alemania, a fin de formar lo que en términos geopolíticos se denomina “la Tierra Central que abarca desde el Elba hasta el Amur”. Bielorrusia, en cambio, que es un país eminentemente agrícola y que ha sufrido desde la época de los zares, una metódica, brutal y contundente política de rusificación, padece ahora los efectos de la catástrofe de Chernóbyl. Este desastre ha creado las condiciones previas para la transformación de Bielorrusia de potencia agrícola en centro industrial, de manera que el núcleo de las inversiones se vaya desplazando –por consideraciones estratégicas– cada vez más hacia Occidente, dados los cambios en la estructura económica de los centros industriales tradicionales (localizados por el régimen comunista soviético, hacia Oriente).

Independencia de Chechenia


La independencia de Chechenia

El 27 de octubre de 1991, Dudáiev es elegido presidente de Chechenia con el 91% de los sufragios, proclamando ese mismo día la independencia de su país, y haciendo un llamamiento al conjunto de pequeños pueblos del Caúcaso Norte (adigos, cherkesos, kabardos, abjasos, inguches, etc.) para construir un hogar caucasiano y crear un espacio económico común. Moscú no reconoció la independencia ni las primeras elecciones democráticas chechenas. Desde entonces, esta república petrolera se ha convertido, como dice K.S. Karol, en “una espina clavada en el pie del elefante ruso” (22).

Desde 1991, pues, Yeltsin utiliza la misma formidable arma política que su antecesor Gorbachov (la «glasnot»), pero no sólo para denunciar los vicios, errores y corrupción de algunos funcionarios del aparato, a fin de desmantelar la antigua burocracia para sustituirla por otra más adicta a él, sino sobre todo para sacar oficialmente a la calle el mensaje de que en las repúblicas del Cáucaso impera, no sólo las arbitrariedades políticas, sino también la indisciplina política, el bandidaje, el tráfico de armas, etc., intoxicando la “opinión pública” rusa de que estos pueblos son “ambiciosos, tremendamente expansivos, fanáticos, ávidos y codiciosos”. Los ataques contra las administraciones de las repúblicas caucásicas de población musulmana, así como las contradicciones interiores entre los clanes regionales y entidades étnicas, se suceden entonces vertiginosamente. El mercado se ve inundado de armas fáciles de adquirir. Se trata de demostrar que nadie goza de inmunidad previa frente al proceso de cambio, frente a la “cruzada de regeneración” del sistema soviético, camino de formar parte de la fundamentalista socialdemocracia occidental.

Pero lo más curioso de todo es ver a su oponente más serio, al fascista Zhirinovski (ese perfecto producto del mestizaje político-religioso, quien hasta los 18 años llevó el nombre de su padre judío Edelstein), apoyando abiertamente a Yeltsin, pronunciándose con entusiasmo por la guerra contra Chechenia. No en vano, Zhirinovski es para Occidente, “la alternativa rusa”, habiéndosele concedido un visado norteamericano. “Está claro –escribe John Le Carré– que nadie parece estar dispuesto a recordarnos que en la Rusia racista muchos musulmanes son considerados una raza inferior; o que el desequilibrado Zhirinovski desea verles castrados y privados de sus derechos de ciudadanos (...); o que, bajo la supuestamente tolerante Administración de Yeltsin, los norcaucásicos y otras minorías musulmanas siguen estando sometidas a unas restricciones de viaje y un hostigamiento oficial que admiten una desagradable comparación con las famosas leyes de paso del apartheid surafricano” (23).

Durante tres años el Kremlin permitió que Chechenia viviera como país independiente, pero tratando de ahogarlo. Primero, mediante el bloqueo comercial, luego el apoyo encubierto a ciertos grupos opositores confiando en que lograrían derrocar a Dudáiev, múltiples amenazas y varios ultimátums, y ahora ha optado por la fuerza militar, con un contingente mayor que el desplegado en Afganistán. Porque de admitirse la independencia de Chechenia –al menos, eso dicen–, otras repúblicas seguirían sus pasos, y los proyectos de oleoductos entre Tengiz (Kazajstán) y Bakú (Azerbaiyán) en el Caspio, y entre Astrakan (en el Caspio ruso) y Novorossisk (en el Mar Negro, también en la costa rusa), sufrirán un duro revés. Sin embargo, hay otras maneras de pensar sobre el problema. Yegor Gaidar, ex-primer ministro de Rusia, se pregunta: “¿Está el Reino Unido a punto de desintegrarse a causa de sus negociaciones con el IRA? ¿Se desintegrará China porque no conquistó Taiwan?” (24).

En ese período de tres años, el Kremlin no paró en aportar datos para su particular guerra ideológica, a fin de intoxicar la información. Se acusaba a los chechenos de ser ladrones, narcotraficantes, extorsionadores, violadores y asesinos a sueldo. “El actual conflicto –escribe Ahmed Akbar– se simplifica en la propaganda rusa. Los chechenos son así «fundamentalistas» y «terroristas». La caricatura es siempre la respuesta barata y fácil al odio étnico” (25).

En 1993, los chechenos se niegan a participar en las elecciones legislativas rusas de ese año, y sus escaños en el Parlamento permanecieron vacíos. Dudáiev disolvió el Parlamento. Los rusos bloquearon las inversiones y las transferencias a Chechenia. “Según analistas rusos, no se trata de una guerra por la patria, sino por el dinero (...). En estos tres últimos años, Chechenia, que se mantenía en la zona del rublo, era una zona franca, un paraíso para los negocios. Los mafiosos rusos lanzaron desde Grozny su OPA, que tuvo un éxito total, sobre la industria siberiana del aluminio, antes de vender una parte de las acciones a dos empresas extranjeras, la Trans-CIS Commodities Ltd. y la Trans World Metal Ltd., una con sede en Montecarlo y otra en Londres(...) El ministro de Privatizaciones declaró inmediatamente que planeaba volver a nacionalizar el sector del aluminio, de indiscutible importancia estratégica y que ocupa el segundo lugar en las exportaciones rusas, tras los hidrocarburos. Esta declaración provocó mayor clamor en la prensa económica occidental que los bárbaros bombardeos de Grozny (...) Para Occidente, hablar de una renacionalización era romper un tabú y ultrajaba al Fondo Monetario Internacional y a la propia idea del dios mercado. Así que el ministro de Privatizaciones fue destituido, sin siquiera poder dar explicaciones. Pero el caso es que los primeros objetivos bombardeados en Grozny –y con precisión– fueron el Banco Nacional y el Ministerio de Finanzas de Chechenia. (De esta manera) los investigadores de Chernomirdin no encontrarán ya nunca los documentos relativos a “la gran guerra del aluminio siberiano» (...) De creer a algunos, la invasión de Chechenia se lanzó precipitadamente en pleno invierno, sin preparación, precisamente con el fin de destruir esos documentos comprometedores para la mafia” (26).

En definitiva, la guerra en Chechenia –en palabras recientes de Andrei Kozirev, ministro ruso de Asuntos Exteriores– no es una piedra en el camino sino, más bien al contrario, “el catalizador de las reformas rusas.”

autodeterminacion chechenia

La autodeterminación política de Chechenia

Estamos presenciando el mayor experimento socioeconómico de la historia, llevado a cabo en un período de tiempo sorprendentemente breve. Así, mientras los medios de comunicación, en general, describen erróneamente a Chechenia como una nación ocupada militarmente por Rusia, la Comunidad Internacional hace efectiva esa ocupación. Porque no hay justificación alguna para que se afirme que Chechenia era “parte de Rusia” como sostiene, no sólo el Kremlin, sino el mundo entero.

Es cierto, los regímenes rusos han ido cambiando, pero los caminos de invasión y la situación de los vectores clave siguen siempre en el mismo lugar. Y como siempre, contra esa perspectiva de un mundo uniforme, que hablaría ruso y estaría organizado según los principios fríos y abstractos del constitucionalismo, levantan los musulmanes del Cáucaso sus pequeños enclaves hechos de lengua propia, tradición, hábitos, maneras, creencias y valores compartidos, pronunciándose sobre su modo de gobierno, su propio sistema judicial y administrativo, defendiendo, en suma, todas las posibilidades de funcionar políticamente independientes, según el Islam.

Después de la política de glasnot o transparencia informativa, la cual disipó el fantasma del enemigo exterior, Rusia se ha embarcado en la economía de mercado. Pero, entonces, descubre –una vez más– que los enemigos están dentro de casa: son los musulmanes, aquellos hombres y mujeres que quieren un gobierno sin Estado y un comercio sin usura. Por tanto, para reconciliarse con su identidad, Rusia se entrega con saña asesina a la tarea de aniquilarlos. ¿Cómo, si no, poder encarrilar todas las previsiones financieras y las perspectivas crediticias del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial? Porque ya se sabe: la represión de los pueblos y la “política de los derechos”, ¿no es el camino que siempre tiene que recorrer un país “desarrollado” para satisfacer las vigorosas reformas del mercado y su integración en el comercio mundial? Es decir, una vez más Rusia necesita la victimización del presente en beneficio de un desconocido futuro, jugando cínicamente con expectativas de «desarrollo sostenible», con todas sus leyes de “ajuste estructural”, a fin de conseguir el único objetivo buscado: eliminar a los pueblos musulmanes, en cuanto que obstaculizan un mercado único e integrado. Porque las comunidades musulmanas basan sus estructuras en la redistribución y la reciprocidad, y en valores sociales que permiten el comercio y prohíben la usura. Por tanto, los musulmanes del Cáucaso son un estorbo para las instituciones financieras internacionales y las compañías transnacionales, por cuanto jamás van a hacer de ellos unos golden boys; jamás van a regirse por la concepción de una economía-Monopoly que arruine sus vidas.

En este contexto, produce perplejidad observar la ausencia de manifestaciones de rechazo o condena al genocidio del pueblo checheno. Sorprende que todos manifiesten que la invasión rusa “es una completa locura”, pero que... –continúan manifestando– “el proceso de reformas políticas y económicas es irreversible: no hay alternativa.” ¿Entienden? El exterminio checheno se reduce, pues, a la condición de exigencia técnica para la defensa del proceso de modernización de Rusia. En este contexto, John Le Carré es muy expresivo cuando afirma que los ingushios y chechenos “están luchando contra una alianza de burdel entre el corrupto imperio ruso marchando al son de sus viejas melodías y unos líderes occidentales que en sus relaciones con el resto del mundo se han acogido al cristiano derecho a la indiferencia moral” (27). Los unos y los otros se miran y se dicen mutuamente: “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. Es como si todos dijeran que los rusos han acudido a Chechenia para ayudar a los chechenos a convertirse en una nación moderna y próspera. ¡Ah, el mismo discurso hegemónico de siempre: la dignidad de los pueblos queda situada en el despacho del burócrata y del administrador de turno! ¿Acaso la propuesta no es la misma: el exterminio del adversario al servicio de una regeneración social y política? ¡En fin! ¡El “integrismo democrático” justifica siempre el terror basándose en aquel viejo principio jacobino, según el cual se supone un equilibrio entre el individuo y la sociedad si se otorga previamente todo el poder al Estado a cambio de una garantía de paz!

Algunos todavía recordarán lo que sucedió con los “secesionismos” en el Báltico (Letonia, Estonia y Lituania), los cuales fueron consumados gracias precisamente a la actitud occidental. ¿Qué ocurre, entonces? ¿Tienen menos derecho los chechenos a su territorio que los kuwaitíes? ¿Por qué la limpieza étnica en los Balcanes está ligada al Derecho Internacional y, en cambio, el holocausto político del pueblo checheno es una cuestión interna? ¿En qué se diferencia la realidad del pueblo checheno, cuando el fondo es común y el deseo paralelo: la autodeterminación e incluso la independencia? Muy sencillo: Chechenia no quiere sacrificarse en nombre de esos imperativos absolutos que son los indicadores macroecómicos –inflación, moneda fluctuante, déficit presupuestario, desarrollo, etc.–; no quiere colocar el adjetivo Popular o Democrática entre la palabra República y el nombre del país. Y –como todo el mundo está viendo– no lo hace reaccionando regresivamente, sino defendiendo la autodeterminación política y la integridad territorial, apoyándose, para ello, no en ideas de extrema izquierda (como el caso del País Vasco, Córcega o Irlanda del Norte), ni en una ideología de extrema derecha (como el caso de Flandes, Lombardía), exaltando –más o menos– míticos “valores étnicos”, sino, todo lo contrario, en la ley islámica, por la cual se han regido desde hace siglos, con sus espacios de sociabilidad autogestionada y de actividades autodeterminadas, en la seguridad de un orden estable, jerarquizado, fuertemente integrador. ¿Comprenden ahora por qué fueron siempre reprobados? En la época del Zar, por no obedecer al Imperio; en la época comunista, por no obedecer al Plan; y en la actualidad, por no obedecer a las leyes del mercado. ¡Son musulmanes! Por tanto, en una población altamente heterogénea y no politizada, los conceptos políticos aplicables a la nación son irrelevantes: conceptos como los de democracia, partidos políticos, etc...

Por eso, hasta el mismo Solzhenitsin –otrora tan considerado por su crítica a los campos de concentración de Stalin– aconseja ahora –reconvertido en pope defensor retórico de la libertad y la democracia– que para que se fortalezca el “núcleo ruso” ha de imponerse a los países del Cáucaso y Asia Central un nuevo Archipiélago Gulag; aconseja, pues, que se conceda la independencia a Chechenia, aunque con un territorio menor, y que se cierren las fronteras, estableciéndose un régimen de aduanas, declarando “extranjeros” a todos los chechenos que se encuentren en territorio ruso, sometiéndolos a un régimen de visados. ¡Con la Iglesia Ortodoxa hemos topado!. Si a esto añadimos el acostumbrado cinismo de la diplomacia judía, todo encaja perfectamente. Valgan dos ejemplos. En primer lugar, Edmond Wellenstein (ex eurofuncionario europeo) dijo en Bruselas –con motivo del proyecto del euroejército–, que “la diplomacia sólo es creíble con un ejército”, por tanto, tendrá más autoridad en el diseño de la diplomacia, quien disponga de más peso militar. Por otra parte, el historiador judío Isaiah Berlin afirmó en una entrevista que “Stalin pudo haber asesinado a 40 millones de personas, pero al menos contuvo los nacionalismos y evitó que la babel étnica impusiera anárquicamente sus ambiciones”. ¿Entienden ahora por qué los militares rusos no actúan unilateralmente?

Y, ¿qué decir de las cínicas declaraciones del canciller alemán Helmut Kohl para justificar su inercia frente al presente etnocidio checheno: “en Auschwitz se escribió el capítulo más oscuro y horrible de la historia alemana”, por tanto, “las horribles experiencias del pasado no se deben repetir jamás”? Sí, el mismo H. Kohl que el pasado día 15 de enero dijo: “Haré todo lo posible por ayudar a Yeltsin en la conducción de Rusia al imperio de la ley, la democracia parlamentaria y un sistema de libre mercado.” Esto es lo que piensan los políticos. Es sorprendente ver cómo los intelectuales piensan igual. Valga esta muestra de Mario Vargas Llosa (recientemente premiado por el Estado terrorista de Israel, por su excelente contribución al mantenimiento del “integrismo democrático” en el mundo occidental): “En estas condiciones, ¿no resulta inevitable –el llamado mal menor–, cerrando los ojos y tapándose la nariz, apoyar a Yeltsin?” (28)

Rusia, pues, con la connivencia de la Comunidad Democrática Global, quiere construir un gran espacio económico, cuya principal característica es la creación de reservas étnicas, rodeadas de bardas de alambradas, puestos de aduanas y barreras de todas clases. Por eso, nos brinda un discurso armado superpuesto y, como construcción cultural, converge para hacernos visibles lo elusivo del término “nación” y su sustitución continua por un lugar habituado a representar la “resistencia étnica” (el mundo caucásico musulmán/masacre), de manera que los acontecimientos reales (la violación de la soberanía y dominio de los musulmanes chechenos sobre su propia tierra) y los imaginarios (pruebas para la unidad del Ejército ruso; políticas desordenadas; resentimientos de amplias capas de la población civil contra Yeltsin; etc.) se confabulen en el imaginario social, a fin de eliminar el papel del mundo musulmán en beneficio de relevar la cuestión nacional, lo cual, además, privilegia la desviación del auténtico tema: si pueblo o nación, si mercado libre o economía transnacional especuladora, más propiamente hablando.

¿Qué están esperando, pues? ¿El bombardeo de la “ayuda humanitaria”? No se puede llenar a los chechenos de antibióticos, mientras exista, por ejemplo, el problema de la tenencia de la tierra. No se puede practicar caridades con los civiles chechenos, aterrados y hambrientos, mientras exista la posibilidad de que Rusia se reconcilie consigo misma produciendo la aniquilación chechena. En todo caso, lo que habría que hacer –como dice Shayj Abdelqader Al-Murabit, líder de la Alianza Islámica en Europa–, es “acabar con el morboso e intimidante culto judío de los muertos y hacer que la atención de las personas inteligentes se vuelva de los crímenes del pasado que nos dejan exhaustos e impotentes, a los crímenes del presente, algunos de los cuales se caracterizan por la inevitabilidad histórica de ser cometidos por los hijos de las víctimas anteriores.”

De una vez por todas: Chechenia marca la diferencia, porque no hay autodeterminación cultural sin marco político. Chechenia rompe el sueño utópico del sionismo de que el mundo tenga uniformidad política y económica, pero variedad cultural. Porque no se puede declarar la interdependencia cultural sin antes haber declarado la misma aceptación política. Y además, el pueblo checheno nos recuerda, una vez más, que la humanidad no es obra del Tribunal de las Naciones Unidas. Gracias a Dios.

doble rasero

La política de “doble rasero”

Intervenir al enemigo y tolerar al aliado. Esta es la política de “doble rasero” que la Comunidad Democrática Global mantiene –una vez más– en la República de Chechenia. El propósito de esta cínica política requiere unas “condiciones” para que este tipo de intervención militar tenga legitimidad. Condiciones que, curiosamente a la hora de salir a la luz pública, se convierten en resortes morales que son necesarios para encubrir la verdad. De hecho, la prensa, convenientemente dirigida por los grandes trust de la comunicación, relata la historia de manera intencionada sin recibir en la mayoría de las ocasiones, los informes precisos y oportunos. ¿Cuántas veces no dice lo contrario de lo que debía, y calla en otras lo más importante? ¿Cuántas veces se trata de denunciar en cada caso lo que conviene y hasta donde conviene? ¿Cuántas veces no se limitan los periodistas e intelectuales a reseñar verdades confesadas con un ligero retraso y a silencios prudentes cuya unión constituye toda la diplomacia de sus artículos? Incluso, de manera paradójica. Porque, a ver, ¿cuántas veces, si no, la democracia al tomar medidas preventivas deja de ser democracia, pues acaba aplicando métodos tiránicos? Y es que todo sirve para la “guerra ideológica” que es necesaria y consustancial, no sólo al espíritu totalitario, sino también –y de igual manera– al democrático. Pero, ¿qué “guerra ideológica” sostiene la democracia, si no tiene una sola ideología, sino mil, cien mil? Entonces, ¿en qué se basa la posibilidad y la accesibilidad de dicha “guerra ideológica”? Muy sencillo: ¡en la valoración de la importancia del mercado especulador en la organización de la sociedad, previo despojo de todo compromiso social y político!

El tratamiento de la guerra de Chechenia, por ejemplo, pone de manifiesto, una vez más, la misión de la prensa: neutralizar, o destruir, la voluntad política del adversario, en este caso de los musulmanes, a cambio de mantener en Europa, y en tensión favorable, el espíritu de la Comunidad Democrática Global como la única defensora de la Libertad y el Derecho o, lo que es lo mismo, la única que puede administrar los factores afectivos de los hombres. ¿No se desprende, acaso, de las revistas y periódicos, el esfuerzo gigantesco de propaganda de convertir, mezquina y torpemente, a los chechenos en unos seres aislados, ciegos o llenos de orgullo, excluyendo de sus reglas y principios, los factores morales, a fin de que cooperen, en parte, con sus hechos a la formación de un gran sistema de seguridad en el Este?

En este contexto, no deja de ser curioso comprobar cómo el nuevo diseño de propaganda ruso –tras la caída del comunismo– comienza con la reconversión de aquellos viejos “topos ideológicos” que introdujeron en Occidente durante más de 70 años, en una nueva “guerra ideológica”, esta vez encauzada a sacudir las conciencias de uzbekos, tártaros, khazakos, tajikos, bashkiros y buriatos, chuvashes y koriakos, yakutios y tuvintses, chechenos e ingushes, etc. Se trata de dividir a estos pueblos musulmanes del Cáucaso, estimulando las tendencias nacionalistas. ¿Acaso no sirvió la invasión de Afganistán a finales de diciembre de 1979 para preparar la transformación política y económica de la “perestroika”? Proceso que duró diez años, porque en 1989 se anunció la retirada de Afganistán y, al mismo tiempo, el desmoronamiento de la antigua URSS. En realidad, hállanse mil pruebas del empleo de la fuerza por parte de Rusia, a fin de quebrantar la cohesión de los pueblos musulmanes que salpican su geografía, y consolidar, así, la unidad del Imperio ruso. Los motivos son bien conocidos: una injusta atomización de la población rusa, una atmósfera de corrupción y arbitrariedades administrativas, y el deber del ejército ruso de restablecer la unidad. De esta manera, derrotar a los musulmanes del Cáucaso, mientras que en Occidente la prensa, los políticos y los intelectuales, callan, es tarea fácil. Al menos, eso creen. Pero la realidad es bien distinta. Porque los chechenos, no están combatiendo contra las decisiones de la nomenklatura gobernante alrededor del alcohólico Yeltsin; no sólo luchan contra la injusticia de una invasión, no sólo luchan contra un enemigo, no sólo tratan de expulsar de su territorio a un invasor, sino que lanzan al mundo una consigna: “¡Musulmanes del Caúcaso, uníos!” Potentísima consigna política con un fundamento común y un objetivo claro: aún sin armas, sin posibilidad de salir vivos, existirán los musulmanes en el Cáucaso, mientras perviva una condición de lucha y de victoria.

soldados politicos

Los chechenos: “soldados políticos”

¿Se define claramente el objetivo de la intervención rusa en Chechenia? ¿Se interviene porque se hayan agotado anteriormente todos los recursos pacíficos? ¿Se evitan daños desproporcionados y sufrimientos innecesarios? ¿Se respeta el principio de discriminación entre combatientes y no combatientes? ¡No! ¿Entonces? Está muy claro. Cuando se trata de la soberanía de Chechenia, la diplomacia y la maquinaria de la Comunidad Democrática Global no prevee agotar primero todos los recursos no militares. Porque, claro, la tradición democrática occidental educa a apoyar el principio de la protección de las minorías, siempre y cuando éstas no reivindiquen territorios. De lo contrario, ya se ve: se legitima la anexión por la fuerza de territorios en disputa. Por consiguiente –como dice el judío Kissinger, a propósito del interés de EEUU respecto a Rusia–, a la Comunidad Democrática Global “le interesa que emerja una confederación lo suficientemente fuerte para garantizar la seguridad de sus pueblos, pero no lo bastante cohesionada como para iniciar una agresión” (29).

Por tanto, con estas consideraciones a priori, los chechenos son imposibles, no pueden aceptar la negociación, la mediación, el arbitraje, el arreglo judicial y el recurso a organismos o acuerdos internacionales, lo cual no deja de ser cierto. Porque los chechenos, como musulmanes, tienen sus propias leyes, las cuales descansan en la soberanía absoluta y exclusiva del Creador, porque “Allah ha dividido a los hombres en clanes y en naciones para que pudieran reconocerse, no para que las naciones y los clanes constituyan una barrera entre los hombres” (Corán, 49: 13).

Por eso, no importa que los chechenos, aunque bien pertrechados de armas, estén desde todo punto de vista en inferioridad de condiciones materiales frente al prepotente aparato bélico ruso. Entonces, hay algo que resiste a la lógica. Porque –como todo el mundo observa–, la importancia adquirida por la fuerza moral de los combatientes chechenos en la guerra que sostienen contra los rusos, es muy significativa. ¿De qué? De que todavía existen “soldados políticos”, esto es, hombres y mujeres con una creencia común, una lengua común y un suelo común capaces de defender juntos una visión unitiva del mundo. Un elemento moral, por cierto, que ha sido siempre idéntico frente a la emoción, el peligro y la muerte, por lo que la resistencia es, y ha sido en todo tiempo, un arte cuya esencia psicológica conserva en estos días primordial importancia para el pueblo checheno. El elemento moral de los chechenos, pues, ha cambiado poco, al contrario del material. ¿Por qué, entonces, seguir empeñándose –ante la escasa variación sufrida por aquel– en representar a la guerra de Chechenia, no como una lucha entre dos voluntades políticas bien definidas, sino como una utilización de la secesión como un instrumento de chantaje político? La voluntad de los rusos ya se sabe: alinearse en el Nuevo Orden Financiero Mundial a costa de despreciar la condición de los pueblos que conforman la Federación, en su mayoría musulmanes. Pero el orgullo ciega sus ojos y éstos no pueden conocer el peligro. Porque son vanos todos los intentos de buscar la ruptura del equilibrio moral entre los musulmanes del Cáucaso. La realidad está demostrando todo lo contrario, pese a los trucos de siempre: falsos anuncios de “alto el fuego”; narraciones de heridos y muertos, a fin de recargar con tintes sombríos los hechos desgraciados, etc. Por eso, la derrota rusa es, si no inminente, al menos segura. ¿Acaso no se detecta ya en el ejército ruso una crisis de orden moral, una crisis de desfallecimiento? Los soldados rusos pertenecen a una sociedad diezmada y podrida por los intereses egoístas de un oscuro gobierno. No son más que mercenarios incapaces de decir por qué pelean. De hecho, como afirmaba el general retirado del Estado Mayor, Vladimir Dudnik, “cada combatiente checheno representa una unidad combativa independiente capaz de tomar decisiones y responsabilizarse de ellas (...). En cambio, el proceso de decisiones en el Ejército ruso es mucho más complicado, según Dudnik, e implica múltiples eslabones. «¿Se imagina cómo se deforma la información hasta que llega al coronel y cómo se deforma su orden por el camino inverso? Por cierto, que esto explica por qué en Afganistán los tanques soviéticos se disparaban entre sí” (30).

Por otro lado, la voluntad de los chechenos ha sido siempre muy clara: la defensa de su soberanía y dominio sobre su territorio, gobernado de manera islámica. Porque de todos los medios de su acción de resistencia ante cualquier forma de injerencia en sus asuntos, uno sólo no ha cambiado: el corazón, y es el más poderoso. La historia lo demuestra. Primero, en la época de los Zares, cuando fueron obligados a recluirse en guetos. Luego, en la época del Ejército Rojo, cuando fueron deportados. Ahora son simplemente exterminados. Pese a todo, pese al material bélico que los aplasta y lo destruye todo..., pese a que todo el mundo juzga que se ha destruido todo, la voluntad de los musulmanes chechenos opone, todavía, pechos de carne, hombres que soportan el fuego, el hambre, el frío, la sed. Ninguna guerra actual da ejemplos tales de la superioridad humana. Esta fuerza moral, a la cual todos desprecian, es una potencia vieja como el mundo, siempre joven a pesar de ello y más temible que el cañón y el fusil. Es el Islam. La resultante de tres fuerzas: la inteligencia que concibe; la voluntad que ejecuta, y el valor que afronta la muerte. Esta fuerza, esta potencia moral es la que, a última hora, hace inclinar la balanza. ¿Acaso no es toda la población civil chechena la que lucha, porque toda se encuentra amenazada? Porque, si no, ¿qué hace posible que se mantenga esa constante comunicación que existe entre las líneas avanzadas y las retaguardias? ¿No luchan abierta y libremente para expulsar de su territorio al invasor ruso, de la misma manera que los españoles de la guerra de la Independencia hicieron con los invasores franceses?

En este orden de ideas, ¿hay algún pueblo en este planeta que presuma de no tener, en los albores de su historia, un canto de guerra? Los chechenos ensalzan el esfuerzo viril que ha de proteger o libertar su tierra. Como en sus primeros tiempos, no separan el sentimiento religioso del sentimiento guerrero. Porque eliminar la agresividad es siempre –como afortunadamente nos recuerda Konrad Lorenz– una castración del espíritu. Entonces, los musulmanes chechenos nos vuelven a poner en guardia contra la ilusión tenaz que consiste en estimar como “mejor”, o simplemente “deseable”, a una humanidad vaciada de su agresividad. ¿Cómo, si no, se comprende su lucha milenaria contra quienes han querido desposeerlos de sus tierras, incapacitarlos para autogobernarse? Efectivamente, tienen razón los intelectuales y demás mayordomos del Nuevo Orden Financiero Mundial, cuando se quejan de que la inspiración misma de los musulmanes, en general (en este caso, los chechenos, en particular), está íntimamente mezclada con “impulsos atávicos belicosos.” ¿Cómo, si no, luchar por no ser reducidos al estado de esclavos económicos? ¿No son acaso los chechenos, en esta historia, los que dan el ejemplo de hombres completos capaces de mantener la lucha por la existencia en todos sus frentes? Porque los rusos, ya se ve, escogen la guerra para que la guerra escoja por ellos.

quien arbitra el Caucaso

¿Quién arbitra el Cáucaso?

¿Comprenden por qué se asiste siempre a una usurpación del Derecho Internacional por parte de las grandes potencias? ¿Comprenden por qué una y otra vez la ONU, por ejemplo, desatiende a la mayor parte de los conflictos existentes, cuando no, en cambio, se arroga una capacidad impositiva de brutales consecuencias (como en la guerra del Golfo, Somalia, etc.), convirtiéndose en fuerza de ocupación en nombre de nadie sabe qué “fines humanitarios”? Ciertamente, el art. 42 de la Carta de las Naciones Unidas legitima el uso de la fuerza militar para mantener o restablecer la paz. A ver, ¿en qué quedamos? ¿Inhibición? ¡Bosnia-Herzegovina! ¿Exceso ofensivo? ¡La Guerra del Golfo! ¡Somalia! O, ¿es mejor la intervención armada en nombre de la paz, como el caso de la única acción de la UNPROFOR en Sarajevo, llevada a cabo, no contra los serbios, sino contra los bosnios musulmanes, disparándoles cuando estaban liberando una zona cercana al aeropuerto?

En definitiva, y para conocimiento de todos, la ONU no es más que fruto del derecho de guerra. La ONU –como antes la Sociedad de las Naciones de Ginebra, según observó Carl Schmitt– “no suprime la posibilidad de que haya guerras, en la misma medida en que no cancela los Estados. Introduce nuevas posibilidades de guerras, permite las guerras, favorece las guerras de coaliciones y aparta una serie de inhibiciones frente a la guerra desde el momento en que legitima y sanciona determinadas guerras”. Sin embargo, la guerra de Chechenia no es tema de debate en la ONU (ni lo será). Ningún Estado ha reconocido su independencia, todo lo contrario, una insurrección interna en el seno de Rusia.

Como todos saben, Rusia manifestó en 1992 su disposición a desempeñar un papel práctico en las operaciones de la ONU para el mantenimiento de la paz, y a contribuir con apoyo logístico. De esta manera, el dispositivo coercitivo de Rusia respecto a los pueblos musulmanes del Este y del Sur se fortalece. De ahí, por ejemplo, su apoyo cada vez más firme a los cristianos serbios, como ya hicieron a finales del siglo pasado, en su propósito (luego fallido) de conquistar Constantinopla. Pero, ¿bajo qué condiciones? ¡Con una revisión en profundidad de su actual política de desarme y “derechos humanos”! Dicho con otras palabras: el Fondo Monetario Internacional concede a Rusia los créditos necesarios para su transformación económica, siempre y cuando inicie un proceso real de desmilitarización, transfiriendo a las Naciones Unidas, no sólo unidades militares, sino competencias de seguridad. Ya en 1993, Rusia proponía a EEUU un plan para conseguir tener acceso a los mercados de armamento occidentales a cambio de transformar para usos civiles algunas de las empresas de su complejo militar industrial, que da empleo a más de nueve millones de trabajadores. ¿Cómo, si no, dar salida al depósito de armas acumulado por el Ejército Rojo? El judío Jacques Attali (quien fuera presidente del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo en el Este) proponía nuevas conexiones y nuevas transacciones para dar salida al complejo militar-industrial ruso, “como canjear la deuda por armas militares o supeditar el comercio a la eliminación de las prácticas de monopolio”, a fin de que el foro llamado G-7 (las siete principales naciones industrializadas) puedan incluir a Rusia como participante y convertirlo en el G-8 (31), cuyo estreno como miembro de este grupo tuvo lugar el 19 de junio de 1997 en la cumbre de Denver (Colorado).

En definitiva, se trata de vincular el proceso de desarme nacional con el reforzamiento de las “fuerzas de paz o de imposición” de las Naciones Unidas, según las nuevas cláusulas que impone el Nuevo Orden Financiero Mundial. En definitiva, se encarga a Rusia la labor de crear en el Este un modelo de “sociedad universal despolitizada”. ¿Entienden ahora por qué la intervención rusa en Chechenia ha sido catalogada, desde un principio, no como asunto internacional, sino como asunto interestatal, interno? ¿Cómo, si no, poder ingresar en el Nuevo Orden Financiero Mundial sin antes mostrar la garantía interestatal del status quo de sus actuales fronteras nacionales (que dirían los políticos) o, lo que es lo mismo, sin antes romper su etnocentrismo (que dirían los intelectuales), esto es, su tradicional estructura de pertenencia natural, pueblo-tribu-clan-familia?

Los propósitos están bien claros: los rusos continuarán la guerra hasta que los chechenos acepten sus condiciones, pese a que éstos se hallen fuertemente unidos. Clinton y Kohl manifiestan: “Todo va bien allá”. Yeltsin responde: “Todo va bien”. Todos expresan esta confianza en el triunfo, ofreciéndose a Rusia, a cambio naturalmente de determinadas concesiones, un trato de favor. En premio último a su comportamiento obtendrá el ingreso en la Alianza Atlántica. De hecho, ésta espera el final de la guerra para establecer un diálogo formal con Rusia. De momento, antiguos satélites de la ex-URSS, como Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria, así como Estonia, Letonia, Lituania y, a mayor distancia, Eslovenia, tocan a las puertas de la Alianza Atlántica, de la Unión Europea, el Consejo de Europa, la Unión Europea Occidental, etc. Y, es más, el Pentágono ha anunciado el inicio de conversaciones con algunos de estos países para la posible venta de armas ofensivas de alta tecnología. Al fin y al cabo, como dice Ryszard Kapuscinski, finalizando su último libro, El Imperio: “Occidente dará la espalda a otros, pero nunca dejará de ayudar a Rusia”. Aunque el camino del éxito sea largo y sumamente arduo. Ya en 1989, en un informe de la Comisión Trilateral, Henry Kissinger, Yasuhiro Nakasone y Giscard d´Estaing, exponían que “la condición más indispensable es que se opere una transformación radical del sistema soviético que logre aproximar a la URSS a los conceptos occidentales de una economía destacada y unas instituciones democráticas” (32). Igualmente, Bill Clinton ahora, tras sus conversaciones en febrero de 1995 con Helmut Kohl, en Washington, afirmó: “Sólo se puede mantener la ayuda si Rusia no abandona el proceso en el que se encuentra y prosigue la tarea de construir las instituciones democráticas y reformar el mercado”. En este sentido, en octubre pasado, los jefes de Estado de la CEI decidieron crear un Comité Económico Interestatal de la Unión Económica, así como la unión de pago, a fin de asegurar las transferencias financieras en base a la convertibilidad mutua de las divisas nacionales. Está claro: mercado común y política monetaria uniforme a cambio de uniformidad política y social.

El Nuevo Orden Financiero Mundial quiere enterrar la doctrina de la soberanía absoluta; quiere subrayar una y otra vez que los derechos de las personas y de los pueblos es una dimensión de la soberanía universal que reside en toda la humanidad. Una vez más, Carl Schmitt nos responde: “Cuando un Estado combate a su enemigo político en nombre de la humanidad, no se trata de una guerra de la humanidad sino de una guerra en la que un determinado Estado pretende apropiarse un concepto universal frente a su adversario, con el que se puede hacer un mal uso de la paz, el progreso, la civilización, con el fin de reivindicarlos para uno mismo negándoselos al enemigo. «La humanidad» resulta ser un instrumento de lo más útil para las expansiones imperialistas, y en su forma ético-humanitaria constituye un vehículo específico del imperialismo económico”. Porque, a ver, ¿quién, entonces, y en nombre de quién, concede a los pueblos la posibilidad legítima de participar en asuntos que afectan al mundo en su conjunto? ¿Seguiremos asistiendo a un aumento de conflictos de “asuntos internos allende las propias fronteras”?

“Chechenia –escribe Ahmed Akbar– nos plantea un dilema profundo turbador y de amplias implicaciones a largo plazo para otros musulmanes como los bosnios, los palestinos, los kurdos y los cachemiríes y para otros no musulmanes como las tribus de Timor Este y de las colinas de Bangladesh. A medida que vamos llegando con aprensión al próximo milenio, ¿no se convertirán las naciones más pequeñas, desventuradamente incluidas en naciones-estados más fuertes y antagónicos, en «indios pieles rojas», en grupos deprimidos desprovistos de su dignidad, atrapados en las reservas a que habrán quedado reducidos sus propios territorios ancestrales?” (33).

Control del petroleo

El control del petróleo

La indepedencia de Chechenia es importante para Rusia, no sólo porque pone en jaque la supervivencia de la Federación, sino, sobre todo, porque es una zona de importancia vital, no sólo porque produce el 90% de los aceites para motores de aviación de la ex URSS, sino porque por su territorio transcurren los oleoductos y gasoductos que enlazan los grandes yacimientos del mar Caspio con el mar Negro y las regiones compradoras del Norte. Ya en el siglo X cronistas árabes mencionan los campos de nafta de esta zona, que cuenta en la actualidad con más de 4.000 pozos.

Rusia comprendió la importancia del petróleo cuando perdió la plataforma de Azerbaiyán, firmando el presidente de esta república, en septiembre de 1994, un contrato de explotación de sus yacimientos con varias empresas occidentales (British Petroleum, la noruega Statoil, la americana Pennzoil, Amoco, la turca Botas, etc.). Por eso, apoya Rusia a los armenios cristianos de Nagorno Karabaj, manteniendo un conflicto que paraliza gran parte de la actividad agrícola e industrial de Azerbaiyán. El objetivo es lograr que los azeríes azerbaiyanos capitulen y acepten la sencilla fórmula de petróleo a cambio de ayuda en la gestión de la infraestructura básica, energética y de comunicaciones. Todo esto explica también el apoyo sistemático a antiguos dirigentes comunistas en sucesivas elecciones presidenciales (a un promedio de una por año), a fin de que las compañías petroleras extranjeras (con la British Petroleum –la BP– al frente), sigan explotando el petróleo azerbaiyano. Es tal la fuerza de esta apuesta “que incluso en los locales que la BP tiene en Bakú, el retrato electoral de Haidar Alíyev (ó Gueidar Aliev, ex miembro de la nomenclatura comunista formado en la escuela de Brezhnev) se colocó en lugar de honor como prueba de que es mejor ser su amigo que su contrincante” (34). Recordar, a este repescto, que Gueidar Aliev llegó al poder en junio de 1993 tras el golpe de Estado contra el presidente pro-turco Abulfa Eltchibey, acrecentando desde entonces una influyente "diplomacia petrolera". Tres años después, como presidente de Azerbaiyán, visitó Washington donde "firmó con las compañías americanas contratos por 10 mil millones de dólares", acrecentando su independencia económica para "establecer distancias con Moscú, y, en definitiva, captar el suficiente interés del mundo para estar en condiciones de recuperar el Alto-Karabaj mediante la negociación o por las armas" (35).

Con todo, la guerra con los armenios, el descalabro de los últimos años, no impide que la explotación masiva del petróleo siga adelante. Parte de esa materia se refina y se consume en la Federación pero otra parte nada despreciable sale hacia el Mar Negro, hacia Occidente. De hecho, desde hace dos años, la BP estudia la mejor ruta para la construcción de un impresionante oleoducto que uniría Bakú con el Mediterráneo y el mercado internacional. Esto no es nada nuevo. Las compañías petroleras, además de llevar a cabo el clásico sistema de robo y explotación, como brazos seglares de los Estados, acaban cumpliendo las misiones políticas que éstos no pueden permitirse: derribar o nombrar dirigentes políticos; mantener una diplomacia secreta, y trabajar como servicio de espionaje paralelo. El caso de la gran empresa petrolera francesa, Elf, por ejemplo, de cómo hace y deshace gobiernos en el Africa francófono, es bien conocido.

La actual crisis socioeconómica ha reactivado la extracción de petróleo. Pero, por lo visto, siempre ha sido así. Hace cien años se instaló en Bakú (Azarbaiyán) la primera torre de perforación. Por un lado, los hermanos Nobel (suecos criados en Petersburgo) fueron quienes construyeron la primera refinería en 1876, creando en 1878 la S.A. Nobel Brothers Naphtha Company, la cual, ya en 1903, controlaba el 51% de la producción de petróleo, tanto como todo Estados Unidos. Por otro lado, los Rothschild controlaban el puerto de Novorossisk, asociándose con la Royal Dutch y la Shell (cuyo fundador fue el también judío sir Marcus Samuel), y que muy pronto se fusionarían en una sola empresa. A partir de ese momento se desencadenó una especulación sin par (36), instalándose en Bakú más de 200 empresas extranjeras, gracias al reparto de concesiones o determinadas tarifas aduaneras.

Sin embargo, los rusos no pudieron apoderarse del petróleo checheno de Grozni y del de Bakú, en Azerbaiyán, hasta 1942, en que el Ejército Rojo frenó la ofensiva alemana en Mozdok. Desde entonces, las distintas administraciones que han ido sucediéndose en el Kremlin, comienzan a crear sus propias empresas petrolíferas, disponiendo de una “economía privada” mientras la del país va a la deriva. Yeltsin no iba a ser menos, y crea Rostroplivo, en la que está implicado el jefe de su Servicio de Seguridad, el poderoso general Alexandr Korzhakov (implicado, además, en la Rosvooruzhenie, la firma que se dedica a comercializar las armas rusas en el mercado mundial). Rostroplivo recibe autorización privilegiada para comerciar con productos petroleros en beneficio del aparato burocrático dependiente de Yeltsin. La Administración y el sector privado se enriquecen prestándose servicios recíprocos. La fuga de capitales rusos hacia los paraísos fiscales comienza a ser imparable. Si a esto añadimos las arbitrariedades en el proceso de privatización, tales como el efecto de nuevas emisiones de acciones del gigante petrolero Komineff sin informar de ello a sus inversores extranjeros, el clima de inseguridad económica de Rusia, que enfrenta a políticos, autoridades, empresarios y diferentes grupos mafiosos, empieza a asustar a la Comunidad Internacional.

Pero en 1992, Chechenia se vio privada de acceso a los oleoductos que iban desde Siberia a Occidente, teniendo que conformarse con exportar por vía férrea a las regiones agrícolas vecinas del Cáucaso del Norte. Y en septiembre de 1993, el Kremlin bloqueó los transportes por ferrocarril desde Chechenia y, desde entonces, toda la industria petrolera local está parada. El capital extranjero tiene un acceso “indiscriminado” al sector petrolífero y fomenta la dependencia del sector energético ruso. Así, para obtener apoyo financiero internacional, el Gobierno ruso se había comprometido a perfeccionar sus mecanismos fiscales y a buscar medios para incrementar las recaudaciones tributarias. Para llenar las arcas, el pasado otoño incrementó las tarifas de exportación del petróleo y las tarifas medias de importación. Estas medidas se vieron contrarrestadas por otras en sentido contrario, que en general han favorecido a grupos de presión y muy especialmente al Gasprom, la gigantesca empresa monopolista del gas soviético, de donde procede el actual primer ministro, Víctor Chernomirdin.

Por todas estas razones, el Fondo Monetario Internacional concedía el pasado 10 de marzo a Rusia el famoso crédito puente de 830.000 millones de pesetas, una vez asegurado de que Yeltsin cumplía con las concesiones previas a su obtención, firmando los decretos para eliminar las últimas restricciones a la exportación de crudo que existían y garantizar el libre acceso de los productores a los oleoductos, así como liberalizar el comercio exterior y abolir todas las regulaciones estatales y cuotas de exportación que se daban a ciertas empresas.

Tratamiento del islam

Tratamiento del Islam

Europa fue el escenario de la tensión Este-Oeste, durante toda la guerra fría. En cambio, el período que se abre ahora está dominado por la realidad de un intento de hegemonía global americana y por la importancia de los escenarios regionales. Porque es cierto: ya no se define al adversario como viniendo del Este, basándose en la definición de un sistema político social antagonista y excluyente del propio. Ahora, en cambio, la Comunidad Democrática Global ha encontrado otro escenario político que justifica el mantenimiento de incremento de su cohesión: el Islam. Dicho con otras palabras, el proceso de integración global responde a la amenaza exterior del poder “islámico”. Sólo que nadie sabe en qué consiste dicho poder, excepto los musulmanes, los cuales son siempre vetados cuando quieren explicarlo. Así, despreciando este poder “islámico” que ignoran, todos han acordado un nuevo código de conducta, por lo que hace a la utilización de imágenes y mensajes a la hora de tratar la realidad de los musulmanes.

A este respecto, hay quien cree —con Peter F. Druckner, judío conocido por ser uno de los fundadores del management moderno— que la aparición del Fundamentalismo Islámico es un intento de llenar el vacío que quedó tras la desaparición de la creencia en la salvación por la sociedad. «Es el resultado de un desencanto tanto del Estado de Bienestar del Occidente "democrático" como de la Utopía comunista» (37). Y hay quien cree —como el laico argelino Sami Naïr— que "en el corazón mismo de la interpretación de los conflictos que sufre hoy el Islam se fijan unos conceptos, categorías y rpincipios falsificados que sirven sobre todo para radicalizar las contradicciones, hacerlas más tajantes, para hacer de lo que deberían ser fisuras en los dogmatismos de todo tipo en cortantes puntas de lanza. De este modo, el Islam sería congénitamente incapaz de separar lo temporal de lo espiritual˝ (38). Las consignas de una y otra parte se hacen muy sutiles, incluso ocultas, subliminales como algunas películas de la factoría Disney, a saber: "El Rey León", producida tras la Guerra del Golfo, y "Aladino" (39).

Destacan las siguientes normas: suscitar imágenes y descripciones catastróficas (atentados terroristas, secuestros de aviones, etc.) o idílicas (escenas tipo “mil y una noches”); presentar a los musulmanes como seres belicosos, dotados de identidad cultural trasnochada, y con un entorno social y económico “primitivo”; promover imágenes y contenidos que puedan desencadenar generalizaciones fáciles, que pongan bajo el mismo prisma todas las realidades del mundo islámico y generen estereotipos; impedir la participación de musulmanes occidentales cuando se habla del Islam, ofreciendo, por el contrario, la tribuna pública a musulmanes de países árabes que tienen serias dificultades con el idioma; ningunear la dimensión de interdependencia entre los países de la Comunidad Democrática Global y los países del mundo islámico; etc. En resumidas cuentas, se trata de hacer creer que los musulmanes son elementos refractarios que amenazan la seguridad planetaria; por tanto, el poder político de la democracia estriba en saber eliminarlos o “consensualizarlos”, como diría Jean Baudrillard. ¿Nadie se ha dado cuenta todavía en esta historia de que son los musulmanes los que aportan el elemento de la diferencia, pese a la homogeneidad indivisible que quiere imponer la aritmética democrática?

Lo que se plantea como obstáculo principal para favorecer la inversión privada de capitales nacionales y extranjeros, la producción para la exportación y el derecho de extraer recursos ajenos, es la resistencia islámica, por tanto, ha de suprimirse. Para ello se usan todo tipo de técnicas de subversión, incluso el apoyo a quienes apelan a razones de etnia, sangre o raza (como es el caso de los criminales de guerra serbios, o del fascista Zhirinovsky). Se trata, en todos los casos (Palestina, Bosnia, Chechenia, Cachemira, etc...) de exigir altas cuotas de soberanía nacional a cambio de protección y recursos financieros, a fin de que sus territorios se pongan en manos de elementos empresariales que apoyen, sin condiciones, el Nuevo Orden Mundial, impuesto por EEUU e Israel. Para ello se utilizan todas las trampas inimaginables para hacer creer que el Islam de estos pueblos es una doctrina o estado de ánimo que nace como reacción a la utopía de la sociedad universal y perfecta que el sionismo internacional vende. Dicho en otras palabras: es un viejo truco para hacer creer que demasiada memoria y excesiva realidad han quebrantado la historia de los pueblos musulmanes. La historia comienza siempre de la misma manera: sobre los pueblos musulmanes, como una sombra maligna, se recalca su situación geográfica frente al Orden Político Democrático Global que les ha convertido, desde su génesis, en territorios aislados, marginados política y administrativamente debido al centralismo estatal, lo cual ha generado sentimientos separatistas entre su gente que anhelan, por tanto, autonomía en el futuro a través de un nuevo organismo territorial. ¿Entienden ahora por qué este tipo de cuentos –como alguien ha observado– estimula la movilización de la opinión pública para apoyar la agresión, el terror y la subversión?

Por todo esto, se establece, por un lado, una conexión entre el sistema de seguridad europeo (que parte de la creciente homogeneidad política y social) y el sistema de seguridad del Este, puesto en marcha por la Alianza Atlántica, en formato de “Asociación para la Paz”, y cuyo programa incluye maniobras militares conjuntas, a fin de neutralizar el poder de cohesión islámico entre Europa e India. ¿Acaso no trata Rusia de ejercer la misma clase de control que las fuerzas occidentales ejercen en sus propias esferas? De hecho, el viceprimer ministro ruso, Anatoly Chubais, en el Foro Económico Internacional (organismo auspiciado por la ONU) que se ha celebrado recientemente en el “marco incomparable” alpino de Davos (Suiza), ha pedido calma a los inversores occidentales “porque el conflicto checheno no va a impedir en absoluto las reformas económicas.” Un Foro, por cierto, que ha propuesto una Comisión para la Gobernabilidad Global bajo el amparo de un Consejo para la Seguridad Económica. ¡Ahí es nada!

Por otra parte, se establece una conexión con el sistema de seguridad del Mediterráneo, transfiriéndose los mismos mecanismos. Se trata, en definitiva, de justificar como un correctivo de posibles tensiones y enfrentamientos, tanto en el Este como en el Mediterráneo, lo que no es más que un nuevo proyecto de explotación para robar a los musulmanes los privilegios jurisdiccionales. A este respecto –y dicho sea de paso–, no hay ninguna diferencia entre los burócratas de la Casa Blanca, del Kremlin o de Bruselas respecto a aquellos escribanos y juristas de los Reyes Católicos, quienes, obedeciendo una política unificadora, fueron los primeros en establecer las bases para la eliminación o expulsión de los musulmanes de sus tierras. No en vano, España fue el prototipo del Estado moderno.

La estrategia empleada para consolidar este sistema de seguridad contra el Islam es bien sencilla: un Orden Político Democrático Global agrede o amenaza a un Orden Político Islámico (obviando todos los sistemas de seguridad a escala universal). La ONU califica el área como “zona en conflicto” y determina –según el caso–, si son “asuntos internos” o “asuntos de interés internacional”, para lo cual emite sus inocuas resoluciones como de costumbre (excepto en el caso de que determine que el conflicto es “asunto interno” del Orden Político Democrático Global, como en el caso de Chechenia). Luego, los órganos de mediación, buenos oficios, arbitraje (como la Unión Europea) –que son siempre más vinculantes que la Alianza Atlántica, pero más limitados en el espacio–, coordinan las acciones de embargo y/o bloqueo (según determine cada Estado), porque –no se engañen– estos órganos de mediación no están hechos para resolver los conflictos, sino –todo lo contrario– para incentivarlos o, cuando menos, para somatizarlos, utilizando para ello la política tibia de los “derechos humanos”. Esto quiere decir que las dificultades, intereses encontrados y dilaciones son las directivas de los Estados para incumplir, una y otra vez, los tratados y pactos, y vulnerar, sin ningún escrúpulo, la política de los “derechos humanos”.

En este contexto, la Comunidad Democrática Global impone, tiene como objetivo, conservar en el Este y en el Mediterráneo, “un régimen injusto de relaciones entre los pueblos”. En este punto, se crea tal caos jurídico que todos se defienden por medio de la fuerza de las represalias. Un viejo truco del liberalismo internacional, que no tiene mejor forma de suplementarse que la de recurrir periódicamente a la intervención por la fuerza. Según estas asunciones, la agresión del Orden Político Democrático Global acaba convirtiéndose fácilmente en autodefensa. ¿Acaso no justifica Rusia su ataque a una “hostil Chechenia” como una defensa contra la amenaza de los “regímenes nacionalistas” porque interceptan los suministros de petróleo desde el Caspio a Europa Occidental? Puro cinismo, cuando en realidad son los musulmanes los que tratan de defender la ordenación del espacio de sus territorios, según la naturaleza del Derecho de Gentes. Cuando les dejan. Porque en el caso de los musulmanes bosnios nadie les han defendido ni les dejan defenderse. Es más, si ahora están anunciando el levantamiento del embargo de armas no es por otra razón que la de asegurar la estabilidad de las empresas extranjeras. Y, además, de esta manera, todos contribuirán al negocio de levantar barreras en la zona, financiando movimientos guerrilleros que coincidan siempre con grupos tradicionalemente enfrentados; guerrillas que a su vez se dividirán en escisiones rivales. Obsérvese, si no, el caso del bosnio Abdic con su “enclave feudal” haciendo cuña en Bosnia-Herzegovina, el cual responde, no a las necesidades de su propia población, sino a las de los inversores extranjeros.

Finalmente, interviene directa o indirectamente la Alianza Atlántica y configura al adversario. (En el caso de Chechenia, ¿no hay nadie que se pregunte por qué sólo se le da a Rusia la posibilidad real de determinar quién es el enemigo y combatirlo?). La intervención consiste en imponer unas “medidas de seguridad”, tras las cuales –una vez concluída la fase militar– se exige de la ONU una nueva calificación de la zona, esta vez como “zona de tranquilidad”, preparando así el terreno para el “bombardeo humanitario”, en forma de “paquete de ayuda inmediata” en tres fases, a fin de que los musulmanes –ese es el objetivo– puedan alcanzar el tren de la especuladora “cooperación económica”. Primero, la fase de ayuda urgente (distribución de alimentos, medicinas, cobijo), proceso en el que deben participar grupos de funcionarios de la zona, los cuales adquirirán ventaja a la hora de establecer el posterior poder político. Segundo, la rehabilitación de la base agrícola y reparación de infraestructuras (¿cómo, si no, –en el caso de Rusia– dar empleo a esos miles de arquitectos e ingenieros finlandeses, lanzados al paro tras la desintegración del Imperio Comunista?). Y por último, el anunciado “plan de desarrollo a largo plazo”. Sólo entonces –según argumentan los diseñadores de este democrático discurso integrista– “tendrán los musulmanes una oportunidad de que lleguen a ser un pueblo como todos desean: pacífico, independiente, no alineado, moderado y que pueda vivir ampliamente con sus propios recursos”. De esta manera, abortando cualquier movimiento de desarrollo independiente al sistema de crédito con interés; garantizando que los musulmanes no sucumban al proyecto de Umma (Comunidad), es posible asegurar el Nuevo Orden Financiero Mundial.

creciente influencia del Islam

La creciente influencia del Islam

La inquietud general ha hecho que el Islam en el Cáucaso, que hasta entonces había permanecido soterrado, ocupe un primer plano, siendo la fuerza emergente en estas tierras fronterizas con Siberia, China, Irán, Afganistán y Turquía.

Los chechenos, y muchos pueblos musulmanes del Cáucaso, que hasta ahora habían sido considerados cínicamente por la administración central rusa como “reliquias étnicas” o “indígenas colonizados”, convocan sus congresos (shuras) y trazan sus programas de autonomía. Es el caso, por ejemplo, de Tatarstán, una república situada en la confluencia del Volga y del Kama –por donde pasan todos los oleoductos siberianos–, que fue conquistada por Rusia en el siglo XVII y cuya población nativa son tártaros musulmanes, los cuales, adoptando una posición más flexible –quizá por el hecho de que no tienen armas–, luchan activamente para lograr el status de república.

La intervención militar rusa sin paliativos en Chechenia ha reforzado los movimientos islámicos en la ex-URSS. Sin embargo, dicha influencia creciente se debe a que el Islam –contrariamente a las medidas impuestas por el Partido Comunista y/o la Iglesia Ortodoxa– es el único aglutinante de la idea interestatal rusa. Porque garantiza, en primer lugar, el funcionamiento normal de la economía fuera del marco estatal. En segundo lugar, vincula y cohesiona a los grupos étnicos. En tercer lugar, aclara las reclamaciones territoriales mutuas de dichos pueblos.

Actualmente, los musulmanes (no sólo del Asia soviética, sino de todo el territorio de la ex URSS) suman una población de 60 millones que crece rápidamente, abriéndose las madrasas (escuelas coránicas) y las mezquitas que los bolcheviques convirtieron en establos o almacenes. De hecho, entre 1959 y 1989 la población de las repúblicas musulmanas centroasiáticas creció un 123%, frente al 27% del resto de Rusia. Esto significa que la población musulmana del Asia Central se ha duplicado cada veinte años (40). ¿Cómo, si no, poder contrarrestar los intentos del régimen ruso de minar la sociedad tradicional islámica?



Yasin Trigo

(Publicado en Los Cuadernos del Aljarafe, colección Términos de Lejanía, nº 1, Granada, 1995, 52 páginas; para esta edición virtual, hemos incluido algunos datos y notas)


NOTAS


(1).- Juan Goytisolo, "Los montañeses del Cáucaso", en El País, domingo
18-12-1994, pp. 4-5.
(2).- Ryszard Kapuscinski, "El Imperio", Ed. Anagrama, 1994, p. 149.
(3).- Juan Goytisolo, op. cit.
(4).- Robert Strausz Hupé, "Geopolítica", Ed. Hermes, México, 1945, p. 176.
(5).- Carlos Caballero Jurado, "Comandos en el Cáucaso", García Hispan Editor, Granada 1995, pp. 44-45.
(6).- Carlos Caballero Jurado, ibidem, p. 40.
(7).- Carlos Caballero Jurado, ibidem, p. 40.
(8).- Carlos Caballero Jurado, ibidem, pp. 44-45.
(9).- Peter F. Druckner , "Las nuevas realidades", Editorial Suramericana, Buenos Aires, 1990, p. 60.
(10).- K.S. Karol, "El escándalo del «rublogate» salpica a Yeltsin", en El País,
14-3-1991, p. 8.
(11).- Datos citados en El País, domingo 21-1-1990, pp. 1-3.
(12).- Kapuscinski, op.cit., p. 274.
(13).- Kapucinski, op.cit., p. 305.
(14).- Shayj Abdalqadir al-Murabit, "Carta a un musulmán africano".
(15).- Vladímir Zolotujin, En Uzbekistán el golpe empezó antes y aún sigue,
en El País, 13-9-1995, p. 4.
(16).- Kapuscinski, op. cit., p. 349.
(17).- Kapucinski, op. cit., p. 178.
(18).- Pilar Bonet, "Rusia se la juega", en El País, domingo 18-12-1994, pp. 1-3.
(19).- John Le Carré, "Demonios de un pasado acusador", en El País,
12-12-1994, p. 16.
(20).- Pilar Bonet, "El Kremlin firma la unión militar con Kazajstán", en El País,
21-1-1995, p. 3.
(21).- Francisco Herranz, "La crisis chechena se convierte en un lastre para las aspiraciones rusas dentro de la CEI", en El Mundo, 10-2-1995, p. 22.
(22).- K.S. Karol, "La espina del “elefante ruso”, en El País, día 13-12-1994, p. 14.
(23).- John Le Carré, op. cit.
(24).- Yegor Gaidar, "Un desastre predecible", en El País, 9-1-1995, p. 4.
(25).- Ahmed Akbar, "No hay tierra como la propia", en El Mundo,
14-1-1995, p. 18.
(26).- K.S. Karol, "La guerra del aluminio", en El País, día 21-2-1995, p. 14.
(27).- John Le Carré, "Nuestro juego", Ed. Plaza & Janés, Barcelona,
1995, p. 230.
(28).- Mario Vargas Llosa, "Camus y Orwell", en Chechenia, en El País,
29-1-1995, p. 11.
(29).- Henri Kissinger, "La responsabilidad de EEUU", en El País,
21-1-1992, p. 4.
(30).- Citado por Pilar Bonet, "Esta guerra no es útil para nadie", en El País,
17-1-1995, p. 2.
(31).- Jacques Attali, "Carrera contrarreloj", en “Temas de nuestra época”,
en El País, 25-3-1993, p. 6.
(32).- V.G. d´Estaing, Y. Nakasone y H. Kissinger, "Occidente ante las reformas de Gorbachev", en Diario 16, 18-4-1989, p. 22.
(33).- Ahmed Akbar, "No hay tierra como la propia", en El Mundo,
14-1-1995, p. 18.
(34).- Carlos Celaya, "Pólvora y petróleo", en El País, domingo 3-10-1993, p. 46.
(35).- Vicken Cheterian, "Apuestas sobre el petr´leo en Transcaucasia", Le Monde Diplomatique, nº 24, Madrid, octubre 1997, pp. 19-21.
(36).- Ryszard Kapuscinski, op. cit., pp. 66-67.
(37).- Peter F. Druckner, "Las nuevas realidades", op. cit., p. 38.
(38).- Sami Naïr, "Mediterráneo hoy", Icaria, Barcelona, 1995, p. 120.
(39).- Los mensajes subliminales que se esconden en estas películas, más allá de inocentes historias para niños, observados por Jaime Barrientos, son entre otros los siguientes: en la película El Rey León, «el león malo es más oscuro que los buenos y se llama Ascar, que en árabe quiere decir "soldado o militar". La Media Luna del Islam aparece cuando este malvado personaje entra en acción y, en el momento en el que arenga al ejército de hienas, gira en un escorzo que le da un enorme parecido con Jomeini. (...) Se defiende en este filme la tesis de que el hombre es quien manda y la mujer obedece de buen grado, pero que sólo el Islam esclaviza al género femenino». Por otra parte, en la película Aladino «arrecian los ataques contra el mundo árabe. Se presenta a los árabes como vendedores de todo lo imaginable, mentirosos redomados, sucios, desdentados y desaliñados. También se contrapone la miseria del pueblo al desmesurado lujo en el que viven los poderosos, con un sultán en manos de un malvado visir que luce en sus ropajes dos medias lunas, símbolo del islam. El protagonista lleva un fez diminuto más pareico a la "kipa" judía que al típico tocado árabe. Se dan dos versiones: la del árabe brutal y grosero (los guardias) o la del musulmán levemente homosexual (Yafar). En cambio, Yasmina, la coprotagonista, es de rasgos más judíos y viste con los colores de la bandera hebrea. El Genio ofrece la magia "kitchs" de la sociedad de consumo "yankee": luminosos, máquinas tragaperras y la parafernalia de los musicales» (Jaime Barrientos, "Los mensajes ocultos de Walt Disney", en El Mundo, suplemento Crónica nº 60, domingo 8 de diciembre de 1996, p. 11).
(40).- Datos citados por Veljko Vujacic y Víctor Zaslavsky, "La desintegración de la URSS y Yugoslavia y sus causas", en Debats, nº 40, Junio 1992, pp. 68-79.

 
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