Carta a un joven universitario

18/11/08

sufizpik3

Es bueno provocar en los demás ese deseo de seguir el pensamiento de uno. Esa respuesta que justifica la propia pregunta y que nace del solidario gesto de la palabra. Es un premio al deseo de modificar el presente, la justificación al esfuerzo de amar la vida. Luz para los ojos, pasión en el pecho. Una alegría.
No importa que seamos pocos frente a la burla institucionalizada, frente a la desidia, frente al chantaje, frente al florilegio verbalista y diarréico, frente a la sinrazón, frente a la vulgaridad.
Aunque no encuentres salida a tu vida, estás seguro de que nunca desaparecerá tu anhelo. Pero no tiene mayor interés, ni tan siquiera valor estratégico. Pero, ¿por qué te empeñas en ser un hombre sin alternativa, sin alteridad?. Posees todo lo que deseas; y lo que tienes te basta. Ya no tienes necesidad de conocimiento alguno. Te niegas a tener historia proyectiva. ¿Sabes por qué? Porque han conseguido que vivas exclusivamente del pasado, de esa compulsión de memoria sentimental y de conmemoración, tan desesperada. Sí, han logrado que tomes conciencia de un determinado estado de cosas, pero enmascarándolas. ¡Has caído en la trampa! Tu proyecto: el consenso.
Tienes la convicción de que tus obligaciones funcionan en circuito integrado, y que “la juventud” se funda en un orden homogéneo. ¿Tú crees? Si así fuera, ¿cómo no hay un enfrentamiento auténtico al poder vigente? No te engañes: “la juventud” es sólo una demostración de existencia, pero no una relación de fuerzas. De hecho, verás a pocos jóvenes estudiantes como tú que no estén satisfechos de la situación. ¿No te has dado cuenta todavía? Si no lo ves así, es que estás completamente circunscrito, a fuerza de estar neutralizado.
Sin reflexión, inútiles serán tus meditaciones, tus propósitos y tus promesas. ¿Dónde reside, pues, tu poder? ¿Sobre qué gobiernas? ¿Qué decisiones tomas? Tu situación es incierta, y lleva hacia una especie de superficie sin relieve, en donde se produce, en última instancia, una erosión de todas tus cualidades. No actúas, aconteces. No tienes pasión, sino curiosidad.
Sin embargo, no importa que te hayas traicionado. Tú ahora, con el tiempo aliado, ejerces la cultura para ejercer el poder. Hay engaño en tu mirada. Eres como los nuevos héroes, tramposo, ejercitando el inútil riesgo físico para huir del verdadero riesgo vital. De ese difícil ejercicio de honestidad, del miedo atroz a la libertad individual. No entiendes de la vida, porque sabes demasiado. Demasiadas geometrías en tus palabras, demasiada estructura en tu mente. Eres un esclavo de ese urbanismo del poder que se extiende por todo el mundo.
¿Cómo vas a abrazar, entonces, la tierra para amarla, para fecundarla, para extraer de ella esa fuerza que no se acaba, esa vida que nos sorprende con su unidad? Sólo quieren tu voz, porque eres materia de canje. ¡Demasiados héroes de barro, becerros de oro, cargos públicos! ¡Demasiada miseria!
Si te detienes a reflexionar, y –sin replegarte– te atreves a decir: ¡NO!, enseguida algunos familiares y amigos de esa parte mezquina de mundo, dirán que hay demasiadas renuncias para un hombre sólo. Como mucho, acabarán diciéndote –al modo cínico de Voltaire–, “no estoy conforme con nada de lo que dices, pero daría mi vida porque pudieras seguir diciéndolo”. No temas... ¡responde!: “no me contéis las renuncias, decidme tan sólo si lo que digo está conforme con lo que hago”. Y nada más. Utiliza las palabras que te son necesarias para expresar lo que haces. No entiendas de etiquetas, ni de abusos. Vive desde la libertad, con toda coherencia. No lo olvides nunca: la trampa de la cultura tiene el signo de la vulgaridad. Todo está premeditado, calculado, cifrado y empaquetado. Esa liturgia de la confusión que todo lo invade sin piedad.
Toma en consideración, por ejemplo, ese festival adocenado de “pubillas” y atletas llamado Olimpiadas. ¿Hay nada más absurdo que ver a un desalmado en calzón corto correr como una liebre y llegar por los pelos un instante antes que los demás de su calaña? Ese espíritu de competencia ahoga el intelecto y confunde al mundo. ¡Abajo, pues el grito de la consigna atlética que enfatiza todo lo que no es más que salud, juventud, fuerza física, seguridad y éxito material!
¡Que te digan, entonces, cómo sumergirse en la vida y poder contar con “claridad” sus infinitos y difíciles matices sin echar mano de las renuncias! A ellos, claro, les asusta la vida y jamás se plantean estos temas. La cultura –para ellos– es “homologable” (vaya palabreja más moderna y maldita), la vida es pavor, cuando la cultura debería ser orgullo de pueblo en vez de cadáver sin sepultura.
Por eso necesitas el revuelo de lo auténtico, la pureza de lo no contaminado, el valor personal de la sorpresa, la aventura, la ruptura, la fiesta. Porque lo sencillo guarda el secreto de lo permanente y de lo grande. Por esta razón, debes caminar despacio, sin concesiones, esperando la atenta llamada del corazón. Debes desconfiar de los comerciantes de la nada, de los especuladores del sentimiento, de los falsificadores de la palabra.
Recuerda: ocupar el lugar en sustitución de otros es perder la capacidad de espera, sumergirse en el terreno de lo imposible, perderse en el laberinto de lo sentimental y anecdótico.
Vale, pues, el mundo interior, la contemplación de lo inmediato a través de los ojos tamizados por el filtro de una mirada limpia, oxigenada. Vale el esfuerzo de adquirir las riendas de la propia existencia entre las ruinas del presente. Vale la permanente respuesta vital a todo cuanto sucede, la atenta espera de lo posible, la convocatoria del decreto, la vida vivida con la apasionada voluntad de absorberla, y tantos y tantos otros matices que configuran la visión genuina del hombre auténtico.
Recuerdo que a lo que se sabe algún escritor clásico dijo que en la juventud nuestro mayor enemigo es la sensualidad; en la edad adulta el disputar; y en la vejez la avaricia. Algo de razón y verdad hay en ello, pero también es cierto que a veces no cabe sino salir a la liza y decir. Cordialidad se relaciona con corazón y uno quisiera que en todo debate mediara la objetividad cordial del corazón y que nuestras intuiciones y “corazonadas” fueran recibidas por el otro como parte de una investigación. Sin embargo, no suele ocurrir, la egolatría y la pequeñez de cada cual suele impedirlo. Y, ¿qué hacer? Si das la espalda al debate haces mal y si lo encaras todo se desarregla interiormente. Y has de suponer que uno tiene que luchar por dar la cara y no desarreglarse interiormente.
Pero ahora, los hombres deambulan como almas en pena, perdidos entre la realidad de un empleo atrabiliario y el ostracismo de una sociedad sin emoción. No ves cómo transigen y traicionan sus convicciones, por su vulnerabilidad ante los atractivos de la aceptación social y ante la quimera de la respetabilidad y la influencia. No ves cómo cambian de ideología por capricho, como el científico cambia, por método, de hipótesis.
Tienes que desconfiar, en definitiva, de la ideología liberal que estimula a poder elegir ser lo que se quiera, cuando uno escoge sus convicciones. Tienes que desconfiar de los políticos y sus estrategias, basadas en una devastadora amalgama de desdén e ilusión. Porque no hay necesidad de engañarse a sí mismo o de considerarse “excepción” de no se sabe qué destino general. Hay que hacer algo más que capitular ante la falacia intelectualista, ante la ilusión de que uno es simplemente lo que piensa. En resumidas cuentas, uno no debe hacer nada con tal de responder a un ansia de aceptación.
De hecho, aunque lo que uno piensa esté profundamente relacionado con lo que uno es, ambas cosas no son en modo alguno lo mismo. Uno no es simplemente el nuevo agregado de su pensamiento ni el “yo” que se forma en torno a la formulación y el refinamiento de un conjunto de creencias y de convicciones. Lo que uno tiene una realidad, una determinación, más allá de cualquier elección personal, más allá de cualquier elección meramente voluntaria de la identidad. El pensamiento no es necesariamente una cuestión de saber, sino, más bien, un temple crítico, una actitud nada subjetiva.
Pero, ¿qué hacer? En la ciudad hay una nostalgia de armonía. Ese deseo choca con la realidad, infamante. ¿Cómo actuar, entonces? ¿Cómo comportarse? Soluciona, pues, al modo más o menos clásico: creencia en un Único Dios, vida interior, creación, la compañía central de los hombres de conocimiento, una vida frugal y situadamente abierta y, cómo no, ojo absorto y pegar en el fundamento, hasta una última serenidad alegre. Y lo demás, no te incumbe.
Que al hombre de la ciudad le llega la nostalgia y nace el grito amargo de la agonía.... ¡no te preocupes! La ciudad: ese gran mercado del enredo y la burla, ese laberinto a explorar con sus islas de evasión o de salvación. Ese lugar intratable del que se huye los fines de semana, hacia alguna isla hermosa donde la paz y el sosiego se pronuncien para luego, en el fondo, volver a la civilización (a la sifilización, que dijera Baudelaire, ese mago de la truculencia urbana); volver a la gran urbe desmandada (¡cómo les manda y comanda!), sin saber cómo deshacerse de lo incomprensible. Buscando los resquicios que la amplitud del poder pierde entre sus enormes garras. Ensayando la felicidad en el silencio del hogar. Amando y odiando, a la vez. Domando la permanente esquizofrenia. Adversidad y existencia. Dinero y sueño. Trabajo ganapán y sexo descontrolado.
La ciudad, ¿no es captada en la rutina de los empleados asalariados? La ciudad es un mundo que, debido a la movilidad social, se ha dilatado siniestramente, ejercitándose tanto en incubantes rencores y envidias, como en todo tipo de sensibilidades melancólicas. En este espacio, el instinto depredador no alienta al hombre la contención, sólo el disloque, el desenfreno, la ternura en caliente. Porque en la ciudad, nada es cierto. Se vive, al amparo de las ondas y los cables de los medios de comunicación, el declive de los años entre sospechas y presagios. Es un hecho: la alegría de las ciudades desaparece bajo el peso de los negocios especuladores.
Pero uno tiene que ver, no sólo con los hombres en la ciudad, sino también con los árboles en el campo, con los pájaros y el horizonte encrespado de los montes, y esa lejanía que seduce, y el clima que lo acoge distinto según las diversas estaciones, y la comida que crece en la cocina a ritmo de la temperatura del año.
Bien se sabe: el auténtico campesino saludable vive y deja vivir. En cambio, el hombre enardecido por el espectáculo sensual y voluptuoso de la ciudad, se marchita, se consume, se atrofia, víctima de la ansiedad y del desarraigo. ¿No te has dado cuenta? Sólo en las ciudades, el hombre (como observador) puede mantenerse invisible, lo que le permite fundirse con el fluir del presente, como fascinado, hipnotizado, asombrado en su ingenuidad. ¿Dónde están hoy, pues, los hombres más nobles, esos que no caen en el romanticismo bobalicón del mito del “buen salvaje”? ¿Dónde esos hombres sanos que tanto prefería Nietzsche, toscos, astutos, testarudos, tenaces?
No obstante, no te dejes amilanar por la religión del “ecologismo”. El sentido de la “restauración de lo autóctono”, lejos de implicar un retorno a lo aborigen, significa aclimatar la decisiva aportación occidental que ya es parte de nuestro acervo más íntimo. De hecho, las organizaciones de defensa de la naturaleza no son una amenaza para los beneficios de la gran industria y para los intereses militares, sino que más bien constituyen un repliegue, una coartada, de la misma forma que en el s. XIX el romanticismo constituyó la coartada de la burguesía.
Si tú crees que estos movimientos “verdes”, “alternativos”, con sus tesis ecopacifistas (que no pasan de ser tímidas referencias en textos de congresos), están destruyendo el dominio del principio de rendimiento y de la productividad alienada, eres un incauto, porque no hacen más que exagerar determinados síntomas del actual modo de producción. Tanto unos como otros consideran a la naturaleza como criterio absoluto de la existencia. Unos, los “conservadores del crecimiento”, aplicando a la naturaleza el principio de rendimiento; los otros, los “progresistas de la conservación”, considerándola como el lugar de la realización de las pulsiones de vida, lo cual es una exacta consideración, pero vemos cómo pronto degenera en recelo clerical o en milenarismo agrario.
No se trata de ir al campo sólo los fines de semana para poder ventilar un poco el cuerpo para que el espíritu no se asuste demasiado. El hombre tiene que estar presto a la exigencia del más alto cielo y recogido bajo la protección de la fértil tierra. Hay una razón de gremio, de sentimiento compartido, que arremete contra toda tiranía, contra toda religión sincrética, compuesta, mixta y cósmica.
Heidegger lo ha dicho de manera inmejorable: “el camino dice su consejo tan sólo mientras hay hombres, que nacidos en su atmósfera, quieran oírlo. Son oyentes y siervos de su procedencia, no esclavos de maquinaciones. El hombre busca en vano, mediante su planear, poner en orden la tierra toda, si él no se somete al consejo del camino. Hay peligro de que los hombres de hoy se mantengan duros de oído (indóciles) a su lenguaje. Sólo llega a sus oídos el ruido de los aparatos, que casi toman por la voz de Dios. Así el hombre se vuelve disipado y sin camino. Al disipado lo sencillo le parece uniforme. Lo uniforme hastía. Los fastidiados sólo encuentran monotonía. Lo sencillo ha desaparecido. Su fuerza silenciosa se ha agotado”.
Por tanto, si quieres recuperar la sencillez no te queda otro camino sino la oración al Único Creador. No hay otra forma de vivir plenamente sin máscaras ni temores. No hay términos medios ni ambigüedades decapitadoras (o más bien, castradoras) como las que emplean todos los idearios vigentes, a fin de promover la globalización laica del mundo. Idearios que hacen de la puerilidad y del lamento sus corolarios, haciendo circular melodiosas nostalgias hasta que chocan con la conciencia de la propia impotencia. Un camino sin ninguna salida.
Por eso, y tal como están las cosas, a la visión existencial hay que sumarle la adoración al Creador de todos los mundos. No hay otra vía capaz de hacer inteligible lo opaco del mundo. Islam es la única. No te demores buscando otra. Si no sigues esa vía lo único que lograrás será añadir más mundo al mundo, al precio, como mínimo, de la perversión parcial de tus instintos y vivencias.
Tu vida sin el sometimiento al Creador es coja y ciega. No puedes creer que el sol, que brilla para todos, las estrellas, el mar, el paso de las nubes, el fulgor del fuego, es lo más elevado que hay en la existencia. Es Allah, el Creador de todas estas cosas. Porque el Universo es un organismo único. Todas sus partes están interrelacionadas y son interdependientes. Está estructurado y es consistente. Es orbital y está ordenado, incluso sus llamados caos y violencia son tales sólo si se interpreta.
Es un engaño mágico creer que la tierra no está en el centro del universo y que el hombre no es el ser privilegiado de la creación. Esencialmente, tú estás en el corazón de la vida. Por consiguiente, tu tierra es el centro del cosmos mismo. La ciencia te desplaza de la centricidad y, por lo tanto, de la realidad de la experiencia, pero Allah siempre devuelve al hombre a ese lugar en el momento que deja de imaginar o especular y mira con sus ojos, y reflexiona abiertamente sobre su existencia en el tiempo. El día que mueres es el Fin del Mundo, ¡resulta que estaba al alcance de tu mano! Tu muerte es el Juicio.
Como dice Shayj Abdalqadir al-Murabit: “Dondequiera que confrontemos lo sensorial en el macrocosmos, inmediatamente confrontaremos el significado. El hombre no está fuera del mar cósmico, como un observador objetivo. El hombre está nadando en él, inmerso en él, es de él, célula por célula, partícula por partícula. Es una criatura–en–el–tiempo, morirá como todas las cosas vivas mueren. Esto significa que no sólo estamos en nuestro espacio sino que estamos en nuestro tiempo. Estamos completamente determinados. Esta es nuestra libertad. Hagamos lo que hagamos, estaremos haciendo lo único que realmente podíamos hacer. Si se dice que somos libres del todo, es verdad. Si se dice que estamos determinados del todo, también es verdad. Lejos de inhibir la acción, es precisamente nuestra situación predeterminada la que activa nuestro organismo a realizar sus miríadas de posibilidades.
Es preferible decir: no fuera por la creación, no habríamos conocido al Creador”.
En este contexto, pues, ¿cómo te explicas el terror que tienes a la eternidad? Es algo natural: todo lo que en el mundo parecía sustantivo y eterno, ahora lo ves desquiciado o trastocado. Terror que parte –¡cómo no!– de un prejuicio: el de confundir la eternidad con la universalidad, que hace que identifiques “eternidad” con lo definitivamente inmóvil. Por eso te educan para que agotes el campo de lo posible y no aspires a la vida espiritual, como una manera de que compenses en “universalidad” lo que pierdes en profundidad o absorción. No te dejan que reconozcas la unidad de lo diverso, puesto que esto equivale al cese de movimiento, a la pérdida de la autonomía expresiva. En definitiva, tratan de lograr que pienses que en lo eterno todo queda aprisionado en un estatismo exangüe, a fin de que acabes considerando que hay que salvar a Dios de la eternidad para devolverlo al fluir del tiempo, donde rigen la solidaridad y el afecto. ¿No te has dado cuenta todavía –a estas alturas–, que ésta es la ideología que subyace en el fondo de todas las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), hoy tan de moda?
Y es que el hombre occidental de esta época se encuentra en un estado de enorme precariedad y, con el riesgo del sincretismo, que justifica como un peligro que se tiene que asumir o aceptar. De donde le resulta fácil deducir que tiene que despejar su reflexión de todo tipo de “depósito de tradición” religiosa. Ni hablar: no creas que puedes trabajar para estar más cercano de la aprehensión unitiva de la realidad, menos sujeto al engaño de los conceptos y ser, por tanto, menos propenso a la ilusión, si no sigues el Camino Recto del Islam. Este camino es sólido aunque a algunos les parezca lento. Una vez que lo has tomado, si miras hacia atrás en la propia historia de tu vida ves que realmente cada milímetro que avanzas en este Camino es un paso gigantesco. Has descubierto un camino, un camino ancho y seguro, y estás avanzando. Entonces, ¿por qué alocarse? Debes comprender que la sociedad no puede movilizarse en función de tu aburrimiento en la Universidad, sino de tus necesidades y posibilidades. Si estás libre y “apurado”, y te sientes capaz de dar el salto, ¡magnífico! Pero trata, por todos los medios posibles, de que no te destruyan tus propios desmanes. Usa la palabra para cumplir los designios de tu forma de vivir plenamente libre. Y que tu pulso sorprenda a tu corazón. Si no, a ver, ¿qué conceptos aportarás que sean capaces de garantizar una verdad? ¿No crees, querido amigo, que no hay más remedio que buscar nuevas certidumbres, que crear un “nuevo clima”, un nuevo espacio?


Yasin Trigo
(Granada, 1.994)

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