Islam: asunto interno de Europa

18/11/08

Islam en UE

«¡Guerra contra Roma hasta el final!
¡Paz y amistad con el Islam!»
Nietzsche (El Anticristo, 60)



Son muchos los beneficios que ocasiona la presencia de musulmanes en Europa, a fin de reducir las actuales tendencias de destrucción propias de la cultura judeo-cristiana. Es quizá, por eso, que queman turcos vivos en la tierra de Goethe y Beethoven, o persiguen y maltratan a marroquíes o argelinos en la tierra de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. En el fondo, no soportan que jóvenes europeos empiecen a interesarse, a reconocer como suyo, el Islam.
Sigue prevaleciendo la opinión de que Islam representa —como dice Rafael Argullol— «un mundo fanático, miserable, detenido en el tiempo, que antes exportó guerreros y ahora inmigrantes, con el temor de que éstos puedan, en un futuro próximo, transformarse en aquéllos». Porque «un Islam como un Oriente (aunque, en realidad, siempre habría que utilizar el plural), detenidos en el tiempo, congelados en su lejano esplendor, son intelectualmente controlables. Lo que desconcierta y se erige en doble-civilizatorio de nuestra tradición, es percibir un organismo múltiple, dinámico y lleno de vida» (1).

El caso es que la tesis central de la comunidad democrática global aireada a través de sus medios de comunicación gira en torno a la consideración de que, en efecto, existe, palpita y campea a lo largo del mundo la idea de que todo cuanto no sea democracia es hoy clasificado como abominación odiosa. Como escribe Bichara Khader, «las representaciones occidentales reactivan las imágenes de un Oriente eterno, eternamente guerrero, fanático, despótico» (2). En consecuencia, toda civilización que permanezca cerrada por naturaleza a los llamados «derechos humanos» es antidemocrática. Por tanto, el mundo islámico es incompatible con la herencia democrática. «Este es el debate de nuestra época», concluye el filósofo judío-francés Bernard-Henri Lévy, a fin de que los musulmanes admitan y deseen el modelo liberal de libre mercado capitalista y el modelo cultural democrático. En otras palabras, tratan de imponer la secularización en el mundo islámico, esto es, un proceso que disocie el poder político del religioso.
«El mundo secularizado —como observa Norberto Ceresole— pretende destruir las bases religiosas que constituyen el núcleo de la resistencia cultural del espacio árabe/musulmán. El capital financiero exige la secularización del mundo y señala a sus enemigos ideológicos principales: los musulmanes» (3). En particular, la secularización se considera condición sine qua non de la modernización, lo que entraña la exclusión de la religión del sistema político.
Sin embargo, hay que considerar en primer lugar –pese a que todos la inciensen–, que la democracia es un sofisma, porque es imposible justificar (como anhelan los demócratas) el principio de la mayoría diciendo que más votos tienen mayor peso que menor cantidad de ellos. De la presunción puramente negativa de que uno no vale más que otro, no puede deducirse positivamente que deba prevalecer la opinión de la mayoría.
En este contexto, ya existe incluso una Comisión de reflexión y seguimiento del Islam en Europa, constituida inicialmente por diez europarlamentarios, y copresidida por la socialista María Izquierdo (presidenta de la Delegación del Parlamento Europeo para el Magreb) y Mansur Abdussalam Escudero (presidente de la Comisión Islámica de España y de la Federación de Entidades Religiosas Islámicas). La tendenciosidad y los intereses de estos musulmanes sin soberanía islámica pasan por la defensa de las instituciones democráticas y de la «no contradicción esencial entre Islam y Democracia» (4).
Hay que tener en cuenta, a este respecto, que en nuestros días no hay ni un sólo país o territorio gobernado por el Noble Corán y la Sunna (la práctica del Profeta Muhammad, que Allah bendiga y le conceda paz), existiendo, en cambio, innumerables movimientos que significan un esfuerzo de reinterpretación del Islam y de todos los aspectos de la vida social. Entre ellos, destaca de manera singular el movimiento de musulmanes europeos, los cuales, aunque son todavía minoritarios, son en realidad los que están produciendo valores nuevos. Porque los musulmanes procedentes de países de tradición islámica instalados en Europa, en su condición de inmigrantes económicos, están en «prisión ontológica», donde el Islam es un verbo siempre escrito en tiempo pasado. ¿Acaso no proceden, en su mayoría, de las antiguas colonias, de unos países donde supuestamente unos fanáticos amenazan con segar toda esperanza de liberalización, modernización y apertura de sus economías? ¿Acaso estos musulmanes inmigrantes no están dispuestos siempre a gozar de los frutos del progreso y al mismo tiempo menosprecian las condiciones que lo promueven?
El hecho de que muchos musulmanes hayan reclamado las ventajas económicas y políticas del mundo cafre (no creyente), rehusando observar sus reglas culturales, morales y jurídicas, supone una concesión al desastre existencial del Islam en Europa. Es el conocido fenómeno de la inmigración masiva y la fácil naturalización, que les aleja irreversiblemente de toda posibilidad de fundar una civilización islámica.
El detallado estudio sobre el Islam que, hoy por hoy, se está llevando a cabo por innumerables arabistas y orientalistas, es muy significativo, porque no se hace por puro dseo de conocimiento, por el contrario es una clara indicación de futuros planes colonizadores en todos aquellos lugares aún obstinadamente islámicos. Porque tras estos exhaustivos estudios, la secuencia es siempre la misma: programas de ayuda y sistemas de control político y económico.
Así pues, mientras los musulmanes no pretendan hacer prevalecer sus criterios, la sociedad democrática global relega el Islam al trastero de los asuntos privados. Por tanto, todos aquellos musulmanes que trabajan en la elaboración de un nuevo marco jurídico que obliga a los musulmanes a tener en cuenta el contexto no creyente, son enemigos de Allah, de Su Enviado y de todos los musulmanes.
Numerosos ulemas (eruditos de las ciencias del Islam), pero también, cada vez más, intelectuales procedentes de países con tradición islámica instalados en Europa, toman parte en encuentros interreligiosos, debates universitarios, etc., con el objetivo de subvertir la Ley islámica (Shari’a). Sus logros son descritos así por uno de ellos, Tariq Ramadan (profesor de filosofía y de Islamología en Ginebra y Friburgo, Suiza), en forma de cinco principios:
«- — Un musulmán, residente o ciudadano, debe considerarse ligado mediante un contrato, a la vez moral y social, con el país en el que habita, y respetar sus leyes.
» — Las legislaciones europeas (y, de hecho, el marco laico) permiten a los musulmanes practicar lo esencial de su religión.
» — La antigua dominación Dar al-Harb –que no ha salido del Corán y no pertenece a la tradición profética– se considera caduca. Han sido propustos otros conceptos para traducir positivamente esta presencia musulmana en Europa.
» — Los musulmanes deben considerarse como ciudadanos completos y participar, respetando los valores que les son propios, en la vida social, asociativa, económica y política del país en que residen.
» — En el marco de las legislaciones europeas, nada impide a un musulmán, como a cualquier otro ciudadano, hacer cosas que respondan a las exigencias de su fe» (5).

No obstante, el reto de los musulmanes hoy en día es no sucumbir a la perversión que hace aparecer al Islam vinculado siempre a los problemas de la inmigración, lo cual lleva, en última instancia, a la consideración marxista de que el Islam entonces es el refugio de una sociedad civil frustrada económica y culturalmente. Consideración que se cae por su propio pie porque resulta que árabe no es sinónimo de musulmán, puesto que existen árabes cristianos, por un lado y, por otro, existen musulmanes chinos, americanos, europeos, etc.
Por otra parte, también se vincula el Islam al terrorismo fundamentalista, con organizaciones como Yihad Islámica o Hamás (en Palestina), Hezbolah (en Líbano), GIA (En Argelia), etc., cuyas técnicas de propaganda y acción mezclan elementos radicales del Islam chií con elementos del más recalcitrante nihilismo, como la inmolación de jóvenes desarraigados en atentados suicidas, promocionando «células integristas», con bases operativas y logísticas en ciudades europeas, firmando incluso atentados con el objetivo de reforzar la psicosis terrorista en la comunidad democrática global.
Así se comprende –como advierte el paquistaní Akbar S. Ahmed– que «en una cobertura de cien horas de CNN o alguna otra cadena de televisión, el Islam quizá cuenta con diez minutos de proyección, la cual consistirá en imágenes de musulmanes que queman libros o expresan su ira en una muchedumbre amenazadora», hasta el extremo de que la palabra Yihad ha llegado a convertirse «en una mala palabra en los medios de comunicación, y representa la amenaza física de una civilización bárbara» (6).
La crítica al Islam parece formar parte de los hombres básicos del mundo actual. Lo que uno ve al abrir un periódico es que las gentes, también los propios familiares y parientes, se entregan a la crítica del Islam como a una orgía. No hay absolutamente nada bueno en los musulmanes, y eso lo dicen también espíritus en cuya superioridad o, al menos, decencia habría uno creído. A ello contribuye, no sólo los numerosos conflictos armados que permanecen activos en países donde hay musulmanes: Argelia, Kurdistán, Afganistán, Sudán, Somalia, Bosnia, Chechenia ..., sino también el «asunto Rushdie», la guerra del Golfo, la cuestión del velo en Francia, el atentado fallido al escritor egipcio Naguib Mahfuz (premio Nobel), etc., configuran los estereotipos o leyendas contemporáneas respecto al Islam: una fe que provoca represión, pobreza e ignorancia; una ley (la Shari’a) que se identifica con «esa justicia medieval» inoperante para toda la sociedad, porque funciona «con reglas y presunciones absolutas».
En definitiva, se pretende hacer del islam una ideología misógina y cruel. Los medios de comunicación dejan el campo libre a una rutina impune, donde una noticia tapa a otra.
Estos efectos, sin duda, tienen que ver con la desaparición de la división ideológica de Europa, que ha producido la vuelta de «la división cultural de Europa entre la cristiandad occidental, la cristiandad ortodoxa y el Islam». Al menos, esto piensa el intelectual judío-norteamericano Samuel P. Huntington, vaticiando incluso un curso de colisión entre cicilizaciones (7).
«Todo lo que atañe al Islam –escribe Fabio Parasecoli– es considerado sospechoso, como si detrás siempre estuviera latente la amenaza integrista. Las reacciones resultan muy variadas. Clamorosa fue la participación de la presidenta de los diputados italianos, Irene Pivetti, en un rosario de “expiación” tras la apertura de la mezquita de Roma» (8).
Es cierto que tratan, utilizando todos los medios posibles, de que no haya destino común del Islam en Europa, analizándose y comparándose con todo tipo de artillería antropológica y etnocéntrica los temores infundados en Europa a la inmigración procedente de países de tradición islámica, estudiándose el Islam sin abarcar nunca el objeto de su estudio, e incluso interesándoles más la gente que lee el Corán que el mismo Corán. Se llega hasta el extremo de considerar a los musulmanes sólo si son inmigrantes perseguidos y desterrados, que sufren hambre y humillación, estudiándolos y estableciéndolos según el modelo judío que, hoy por hoy, provee de ocasiones de atención y cuchipanda cinematográfica y literaria a una legión de intelectuales y profesores universitarios, como si el Islam se expandiera en Europa como un virus maligno.
No obstante, como advierte incluso el gran estratega judío-norteamericano Zbigniew Brzezinski (ex consejero de Jimmy Carter en materia de seguridad nacional y miembro fundador de la Comisión Trilateral), tras el despertar político global que generó la caída del comunismo «está teniendo lugar en un contexto filosófico carente en gran medida de compromisos más profundos... con la excepción del Islam»; en consecuencia, aconseja tratar de imponer al Islam, «en el dominio cultural, una especie de hedonismo material que, en el análisis final, resulta mucho más nocivo para la dimensión del espíritu del ser humano» (9).
Una serie de seminarios, centros e institutos del mundo árabe, instalados en importantes urbes occidentales ponen el acento en todos estos aspectos, formando a innumerables cuadros de «arabistas» y «orientalistas», a fin de conciliar los valores ilustrados de la masonería con el Islam, como si se pudiera reducir el Islam a otros sino a aquellos que lo practican.
La famosa «amenaza del Islam» se convierte, pues, en una consigna política, hasta el extremo de hacer de Europa el escudo de la comunidad democrática global contra el Islam, reduciéndolo al absurdo (reductio in absurdum) para mayor ridículo, y difundiendo toda crítica al Islam de manera que sea socialmente mucho más aceptada que cualquier otra cosa convenida como «racismo».
«Tenemos aquí –advierte Akbar S. Ahmed– una tesis que necesita ser investigada: mientras más tradicional es una cultura religiosa en nuestra era de los medios de comunicación, mayores son las presiones para que se rinda» (10).
Por otro lado, algunos han convenido en que todo el mundo insista de forma cínica en someter el Islam a la doctrina racial, sin que nadie sospeche que el racismo y el antirracismo, por supuesto, son una misma doctrina. En este sentido, se ha acuñado el término «islamofobia» para describir el odio al Islam y a los musulmanes. Los instigadores de esta corriente ideológica integran la asociación británica Runnymede Trust (presidida por el profesor judío Gordon Conway), compuesta por obispos, rabinos, catedráticos y periodistas, quienes, ante la «amenaza del Islam» o islamofobia –según expresión acuñada por ellos–, trabajan incansablemente a fin de equiparar esta forma de discriminación con la falsa teoría del «antisemitismo», con el obejto de integrar a los musulmanes europeos en la formación cívica y la participación ciudadana, instándoles a participar en el tejido asociativo de la sociedad laica. Todo sea por la globalización que «no tiene alternativas salvo la guerra, el terrorismo y la violencia», como puntualizó el director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Renato Ruggiero (11).
Porque los implacables estrategas de la comunidad democrática global, como Z. Brzezinski, lo tienen muy claro: «castigar al Islam en general y tratar de imponerle nuestra definición puramente política de derechos humanos, propagando al mismo tiempo, en el dominio cultural, una especie de hedonismo material que, en el análisis final, resulta mucho más nocivo para la dimensión del espíritu del ser humano, sería algo así como una profecía que se cumpliera por sí sola» (12).
Es en este orden de ideas donde cabe reseñar los llamados Festivales Mundiales de Islam, como los que se celebran anualmente en Londres, los cuales –según advierte Shayj Abdalqadir as-Sufi al-Murabit– no suponen más que «un esquema abierto para paralizar el Islam que saben que está irrumpiendo con toda su fuerza, pero lo menosprecian y aún lo hacen, porque es desde Allah y Su Luz, la gloria sea con él. Recordad que los grupos estructuralistas basados en teorías “modernistas” como Yama’at al-Islamiya de Maududi ayudaron a preparar el Festival y trabajaron en colaboración con los europeos que eran “eruditos y francmasones», a pesar de las advertencias de sus hermanos musulmanes. Nada de esto es accidental» (13).
En el fondo lo que se persigue es instaurar un «Islam ilustrado» que afirme que las circunstancias y las ideas no se deben a Allah, sino que son construidas y modificadas por la acción humana exclusivamente. ¿Cómo, sino, derribar el recelo y el miedo que nacen al contacto con los musulmanes? Está claro que no ven otra esperanza que un proceso de Ilustración, a fin de imponer en el mundo islámico el programa político conforme al precedente europeo y, en consecuencia, occidental, de clara influencia judeo-masónica.
De hecho –como reconoce uno de los especialistas en Islam más reputados (sic), el judío Bernard Lewis, con gran satisfacción–, el acontecimiento, el «golpe infligido al Imperio Otomano» que tuvo mejores consecuencias fue, sin duda, la campaña de Egipto realizada por Napoleón en 1798, porque ello «permitió la difusión en tierra musulmana de los nuevos principios de la Revolución Francesa, primer movimiento de ideas europeo que derribó la barrera que se levantaba entre el mundo de los infieles y el mundo del Islam» (14).
Desde entonces, la identidad islámica ha estado conculcada por una modernidad judeo-masónica impuesta. En otras palabras, esto quiere decir que para aceptar la tesis de aquellos que quisieran la pacificación entre la comunidad democrática global y el mundo islámico en un clima –si se nos permite la expresión– de hipocresía teológica, los musulmanes deben hacer algunas concesiones en materia de fe. Nos encontramos justamente en una concepción «apolítica» de la religión como el verdadero peligro de estas maniobras. «No es la religión musulmana en tanto que religión lo que hay que incriminar –según el intelectual francés Jean- François Revel, considerado progresista durante mucho tiempo, y hoy en día venerado tanto por los liberales como por conservadores–, sino la demencia de querer confundirla con el Estado, la ley y la sociedad» (15). Porque de lo que se trata es de extirpar la soberanía del Islam. «Es preciso admitir –continúa diciendo Revel– que los derechos y libertades no estarán asegurados más que con la desaparición de cierta concepción antigua de la soberanía». Para ello, se aplica la receta clásica: neutralización política del enemigo, concluyendo que el Islam «implica intrínsecamente la violación de las libertades, la obligación impuesta a las conciencias, las desigualdades institucionales, el terrorismo institucional» (16). De esta manera es posible comprender mejor por qué se utiliza el arma arrojadiza del «fundamentalismo islámico», denunciándolo como arma política a fin de relegar Islam al ámbito religioso exclusivamente.

En este contexto, la OTAN, desde que terminó la Guerra Fría, ha asumido una nueva tarea: sustituir al antiguo enemigo soviético por el peligro islámico, despertando –de nuevo– los miedos históricos y las reacciones viscerales, como si hubieran estado adormecidos en el «subconsciente colectivo de Europa». Se hacen vagas descripciones del enemigo, se arman discursos del terror y se preparan las medidas. «Como subraya muy oportunamente Régis Debray, es cierto que el telón de acero institucional y militar ha cedido el puesto a otro telón mental y político» (17). De esta manera, «al hombre del Este, tenido por extranjero durante mucho tiempo y globalmente satanizado, se le redescubre como cercano, como hermano. El extranjero es ahora el hombre del Sur, el hombre con el cual no hay interfase, ni cultural ni política. Al no poder constituirse, identificarse, contra el “peligro rojo”, Europa parece constituirse contra el “peligro islámico”» (18), para lo cual crea los reflejos condicionados oportunos.
En este mismo sentido, Jean Daniel (director del semanario francés Le Nouvel Observateur), preguntándose qué ideología podría tomar el relevo del comunismo antes de que acabe este siglo, concluye que «no queda más que una candidata, y se refugia en la tercera gran religión monoteísta (por orden cronológico de aparición): se trata de la ideología islamista. El comunismo era una política que camuflaba una religión. El islamismo es una religión que camufla una política» (19).
El contraste dialéctico entre Islam y Occidente sustituye, en la conciencia colectiva, a la oposición entre capitalismo y comunismo, que había caracterizado las relaciones internacionales tras la Segunda Guerra Mundial, vigorizándose la teoría de la confrontación entre civilizaciones, del dramático choque entre el Islam y la comunidad democrática global, elaborada por Samuel Huntington.
Pero esta dialéctica es falsa. Sin embargo, se insiste en ella, conjurándose el «peligro islámico», porque su utilización contribuye a distraer la atención. De hecho, de esa falsa «relación tensa» entre lo que denominan «fundamentalismo islámico» y los regímenes a que han dado lugar y en los que se inspiran, surgen ¡tántos ejemplos como para elevar una «acusación universal»!
Por eso, se recurre una y otra vez a la posibilidad de identificar «islamista» (esto es, musulmán) con alguien que ha encontrado la mejor manera de ejercer la violencia. «De esta actitud –como advierte la arabista española Gema Martín Muñoz– se deriva un acercamiento a la civilización islámica no en sí misma, sino desde lo que hay en ella de distinto o conflictivo con respecto a Occidente. De la misma manera, cuando se trata de entender procesos políticos y sociales del mundo musulmán, éstos se limitan a ser explicados como manifestaciones de religiosidad extrema» (20).
El caso es que la cultura del poder y los medios de prensa no descansan llevando a cabo acciones de intoxicación informativa, aplicando la lógica de la guerra religiosa y despersonalizando a los ciudadanos. Nadie podrá negar entonces la existencia de los estereotipos que le acechan cuando juzga al Islam. A este respecto, ¡el silencio incondicional a las reacciones xenófobas en la antigua Yugoslavia es tan elocuente! No digamos del recurso a la guerra en formato de «ayuda humanitaria» aquí o allá, o de la utilización de un doble rasero para aplicar las resoluciones de la ONU.
La comunidad democrática global, con su liberalismo patológico, pues, continúa con sus planes para desactivar al Islam. Primero fue la eliminación del último Califato Islámico, después la invasión de Palestina por el sionismo, y, por último, el fraccionamiento del gran cuerpo de la Umma o comunidad de creyentes en entidades nacionales, cada una con su importada constitución estatal.
Ahora, cada país europeo trata a los musulmanes de forma distinta. En Alemania rige el «derecho de sangre», porque la tradición turca es reacia a la exogamia, mientras que en Francia prima el «derecho de suelo», porque a los argelinos nacidos en Francia les resulta casi imposible no convertirse en franceses. No en vano, en Francia hay más musulmanes practicantes que católicos practicantes.
Hay quien observa, en este contexto, cómo la voluntad universalista, igualitaria y uniformizadora de los franceses asimila a los musulmanes inmigrantes a la segunda generación; cómo los ingleses, tras el caso Rushdie, han conseguido radicalizar a los sunnitas moderados paquistaníes; y cómo los alemanes, de alguna manera, han contribuido a la «islamización» de los turcos, que son los más dinámicos de entre todos los musulmanes inmigrantes en Europa, dado que los árabes no quieren establecer Islam en los países donde viven.
Por un lado, el modelo inglés sincroniza la idea del comunitarismo con una estricta estratificación social, aunque la situación ha cambiado favorablemente, sobre todo después de la guerra del Golfo y del asunto Rushdie, porque la influencia árabe está desapareciendo. Antes, la mayoría de las mezquitas estaban regentadas por Arabia Saudita; ahora, ya no llega el dinero. No obstante, son muchos los grupos extremistas a los que adiestran los saudíes con el objeto de desestabilizar, dado que en el Reino Unido hay casi tantos musulmanes como anglicanos.
Por su parte, el asunto Rushdie trajo a un primer plano una situación histórica: la pérdida del poder islámico en el Imperio británico de las Indias. Porque fue allí –como advierte Gilles Kepel– «donde se elaboraron, ante ese desafío inédito, modos islámicos de resistencia frente a los ataques de una modernidad extranjera, modos que serán aplicados casi de forma idéntica, decenios más tarde, en los barrios musulmanes de las ciudades industriales inglesas» (21).
El modelo alemán, en cambio, evidencia las diferencias. El modelo francés, por último, dada su tradición republicana y laica, pretende que el Islam se mantenga en la esfera privada del ciudadano, por tanto, el Islam es considerado una operación de Estado: por un lado, se prohíbe el hiyab o velo de la mujer en la escuela porque no contribuye al mecanismo de integración social, y, por otro, se autoriza la apertura de nuevas mezquitas, como la de Lyon, más grandes y de administración diáfana, a fin de favorecer un Islam moderado, afecto a las instituciones republicanas e integrado en la vida cotidiana del país. En resumidas cuentas, el Islam en Francia pasa por el rodillo compresor de la república judeo-masónica.
Porque si es cierto que en Francia se está produciéndose una reislamización, ello no está avalado –como nos advierte Shayj Abdalqadir as-Sufi al-Murabit– por un orgullo islámico, sino bajo una conciencia psicológica de «ser inmigrante» (lo que en sociología se llama conciencia contractiva), y esto hay que cambiarlo. O sea, que ya que se da el fenómeno, que sea como es debido.
El caso de la niña marroquí de nueve años asesinada en Bélgica tras su desaparición en 1992 y cuyo cadáver fue descubierto en 1997, es muy significativo. Más de veinte mil personas asistieron en Bruselas el día 9 de marzo de 1997 (decretado de luto nacional) al «funeral de Estado» que se preparó con importantes medidas de seguridad, en un país donde no hay cementerios musulmanes. Todo un acontecimiento emocional, que, como no podía ser de otra manera, fue retransmitido en directo por el canal nacional de televisión. En primer lugar, suponía la petición de un compromiso social con la Justicia no-islámica. En segundo lugar, el laborioso trabajo de los programas sociales para transmutar el velo (a través de la explotación en los medios de la hermana de la víctima) de signo de no integración en signo de tolerancia.

¿Y qué decir de España? ¿Cómo se trata el Islam en este país que tanto presume de ser la «puerta de Europa» y que ahora se ha convertido –según expresión de Sami Naïr– «en la primera gran fortaleza del imperio de Europa» (22)? La verdad es que no podía ser de otra manera, dado que España fue admitida en la Comunidad Europea con ciertas condiciones, sobre todo la de convertirse, no en la frontera sur de Europa, sino en una barrera frente a los magrebíes. Porque es una realidad: la comunidad árabe en España no tiene relevancia política. De hecho, las pautas de conducta de las cancillerías árabes en nuestro país se han limitado a inversiones económicas, «de Puerto Banús hasta la Nueva Venecia, pasando por el Puerto de Santa María; tampoco están mal las inversiones en los sectores hoteleros, financieros y bancarios; nadie discute la construcción de mezquitas y de monumentos conmemorativos de fastos y de personajes históricos» (23).
El hecho de la inmigración ilegal del Magreb en España, por ejemplo, ha acabado siendo utilizado políticamente para plantear las inevitables «medidas de ayuda al desarrollo y políticas económicas y diplomáticas para que los países que hoy producen inmigración ilegal se desarrollen», según palabras del director general de la Guardia Civil, Santiago López Valdivieso (24).
Si a todo esto se añade el tratamiento indulgente dado, hasta la fecha, por los libros de texto a la historia del genocidio de los moriscos, la neblina de mentiras y falsas informaciones que ha velado dicho genocidio es enteramente consecuencia de una falsificación deliberada de cuestiones esenciales. El manual de historia para 3º de BUP de la editorial SM de 1989, por ejemplo, calificaba a los moriscos como «quiste inasimilable». ¡Habría tantas cosas que decir!
El caso es que en España todavía, pese a la apatía y la indiferencia hacia el Islam tan manifiestas, cuando se tercia asistimos a la apertura de algún tribunal inquisitorial en algún municipio o ciudad, levantándose de nuevo la pira de un auto de fe o juicio, una agresión, una expulsión o, en caso extremo, una ejecución, de algún inmigrante norteafricano. En suma, en un país como el nuestro donde la palabra «moro» sigue pronunciándose en su sentido más despectivo como sinónimo de fanático, ladrón, sucio, traidor y sodomita, ¿podrá alguna vez alguien comprender que fue en esta tierra donde se impulsó –como en ningún otro lugar– el espíritu de tolerancia con las demás religiones reveladas en el ámbito de un gobierno islámico, admitiendo en el interior de éste la presencia de elementos cristianos y judíos rivales?, ¿que a través de la España musulmana, toda Europa se nutrió durante siglos de las aportaciones científicas, filosóficas y artísticas del Islam, muchas de las cuales no eran sino recuperaciones de lo mejor de la antigüedad clásica? ¿Cuándo se van a dar cuenta de que lo que los musulmanes regularon durante toda la Edad Media (esto es, la existencia del otro, con sus costumbres, creencias y leyes, en el interior de su espacio), la actual Europa comunitaria se resiste a aceptarlo en lo que respecta a los millones de inmigrantes que viven y trabajan en su suelo en condiciones cada vez más precarias?
En definitiva, en toda Europa están en disputa cuotas de mercado. Se trata de que se acepte para el futuro de Europa y del Mediterráneo una competencia laica (hasta el paroxismo de la militancia) que no permita el establecimiento del Islam. No se escatiman esfuerzos para encontrar una «posición cultural» que permita tratar sin excesiva pasión al Islam como una simple religión y una vieja civilización, y no como lo que es: una forma de vida y una actitud política. De hecho, las aproximaciones al Islam son o bien de alcance académico, o se centran en cuestiones demasiado laterales. Pero no importa: Europa cuenta ya con alrededor de diez millones de musulmanes, y pronto vamos a conocer la unidad de un dominio obligado con la Ley de Allah; vamos a conocer –en palabras de Ernst Jünger– «la espada del poder y de la justicia, que es la única que garantiza la paz de las aldeas, el esplendor de los palacios, la concordia de los pueblos» (25). Después de todo, las comunidades musulmanas nacieron al socaire del principio de la certidumbre absoluta. Duro camino a desbrozar todavía por la comunidad democrática global, con sus intentos fallidos de regular el Islam.

Yasin Trigo
(1998)





NOTAS


(1).- Rafael Argullol, «Nuestros otros», El País, 14-4-1998, pp. 11-12.
(2).- Bichara Khader, El muro invisible, Editorial Icaria, Barcelona 1995, p. 62.
(3).- Norberto Ceresole, Terrorismo Fundamentalista Judío (Nuevos escenarios de conflictos. Crisis del “Nuevo Orden Mundial”), Libertarias/Prodhufi, Madrid 1996, p. 125.
(4).- Cf. Editorial de Verde Islam, Nº 6, primavera 1997, Almodóvar del Río (Córdoba), p. 1
(5).- Tariq Ramadan, «El Islam sale del aislamiento en Europa», en Le Monde Diplomatique, nº 30, Madrid abril 1998, p. 8.
(6).- Akbar S. Ahmed, «Los mongoles de los medios de comunicación ante las rejas de Bagdad», en Fin de siglo (Grandes pensadores hacen reflexiones sobre nuestro tiempo), McGraw-Hill, México 1996, pp. 24-43.
(7).- Samuel P. Huntington, «Las civilizaciones en desacuerdo», en Fin de siglo, op. cit., pp. 58-68.
(8).- Fabio Parasecoli, «El regreso de las Cruzadas», en El Mundo, Madrid 18-11-1995, p. 26.
(9).- Zbigniew Brzesinski, «Las débiles murallas del induñlgente Occidente», entrevista conducida por Nathan P. Gardels, en Fin de siglo, op. cit., pp. 44-57.
(10).- Akbar S. Ahmed, «Los mongoles de los medios de comunicación ante las rejas de Bagdad», op. cit., pp. 24-43.
(11).- Carlos Salas, «El mundo según Renato Ruggiero», en El Mundo, Madrid 31-5-1997, p. 28.
(12).- Z. Brzezinski, «Las débiles murallas del indulgente Occidente», op. cit., pp. 44-57.
(13).- Shayj Abdalqadir al-Murabit, Carta a un musulmán africano, Diwan Press, Norwich (England) 1981.
(14).- Bernard Lewis, «Comment l’Islam a découvert l’Europe», La Découverte, París 1982, pp. 43-44.
(15).- Jean-François Revel, El renacimiento democrático, Plaza&Janés/ Cambio 16, Barcelona 1992, p. 420.
(16).- J.-F. Revel, El renacimiento democrático, ibidem, p. 89.
(17).- Citado por Bichara Khader, El muro invisible, op. cit., p. 77
(18).- Bichara Khader, ibidem., p. 77.
(19).- Jean Daniel, «El islamismo, relevo del comunismo», en El País, Madrid 14-12-1992,
p. 15.
(20).- Gema Martín Muñoz, «Islam-Occidente: una dualidad intencionada», en El País, Madrid 18-4-1996, p. 12.
(21).- Gilles Kepel, Al oeste de Alá (La penetración del Islam en Occidente), Paidós, Barcelona 1995, p. 17.
(22).- Sami Naïr, Mediterráneo hoy, Ed. Icaria, Barcelona 1995, p. 25.
(23).- Roberto mesa, Democracia y política exterior en España, Eudeba, Madrid 1988, p. 167.
(24).- Agencia Efe, «Martí Fluxá destaca la colaboración de Marruecos en el control de la frontera sur de Europa», en ABC, Sevilla 25-5-1997, p. 46.
(25).- Ernst Jünger, El Trabajador, Tusquets Editores, Barcelona 1990, p. 208.

 
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